Habíase una vez, un pueblo llamado Sudán.

OPINIÓN.- 

(Cortesía de Álvaro Ybarra Zavala)

Le parecerá un tanto paradójico que decidiera yo comenzar a escribir este texto de la manera en que comienzan a narrarse los cuentos de hadas, pero ya lo hizo una vez Paulo Coelho con una historia de prostitutas, y ya lo habrán hecho muchos otros aficionados a este arte de amantes y apasionados, así que continuemos.

Habíase una vez, un pueblo llamado Sudán del Sur, su origen databa de un acuerdo de paz firmado en el año 2005, pero no había sido sino hasta el pasado 2011 cuando sus ciudadanos a través de un Referendo, finalmente consolidaron su independencia. El primer presidente de la naciente República fue Salva Kiir Mayardit quien presidia desde Yuba, la capital, a los 10 millones de sursudaneses que aún festejaban en la calles la reciente independencia.

Habíase una vez, un pueblo llamado Sudán, sí solamente Sudán, que estaba ubicado al norte del territorio y que en el año 2011 se vio obligado a separarse de –por decirlo de alguna manera- su media naranja, para verse limitado a vivir solo con sus problemas y los ahora, problemas de otros. En su territorio habitaban unos 34 millones de sudaneses, mientras que Omar al-Bashir les gobiernaba desde la ciudad capital de Jartum. ¿Su lado oscuro? El GENOCIDIO de Darfur; y sí, está bien escribirlo en mayúscula.

 

Hubo una vez, un solo pueblo llamado Sudán.

Hacia un penetrante sol naciente en las callejuelas de esa afanada tierra africana que solemos apreciar dificultosamente desde la comodidad de nuestro hogar.  

“¡Somos libres! ¡Somos libres! ¡Adiós al Norte, bienvenida la felicidad!” gritaban con euforia los ciudadanos al darle la bienvenida al recién nacido Estado africano; mientras algunos, con lagrimas de felicidad en el rostro permanecían incrédulos mirando el izar de una bandera que jugaba con el caluroso viento de la independencia y los sonetos del nuevo himno que se acoplaba con el latir de muchos corazones esperanzados.

 

La proclamación de la República de Sudán del Sur fue un paso importantísimo para los ciudadanos que habitan en esa parte del territorio que antes fuera conocido únicamente como Sudán. Es decir, tras años de enfrentamientos bélicos de índole civil y étnica (detenidos por un acuerdo de “paz” –y quizá sea más realista llamarle armisticio- signado en 2005), se hacía evidente el beneficio que la separación pudiera acarrear –por lo menos a corto plazo- a los sursudaneses. Sin embargo, estas ventajas parecieran estar destinadas únicamente a los ciudadanos del sur, que si bien fueron perjudicados desde la época colonial, cuando el desarrollo infraestructural fue hecho de manera desigual, ya que en el Norte se crearon las bases para el crecimiento económico, comercial, habitacional, entre otros, ahora decidieron dejarles solos y con hombros acuestas, de los problemas más profundos que atañen a ese territorio africano.

Las líneas de fractura  -procedentes de la demarcación político territorial en la colonia- entre los musulmanes pragmáticos del Norte y los negros africanos cristianos y/o animistas del Sur, se han intensificado con el tiempo; evidencia de ello, son los diferentes conflictos que han regido los aconteceres de la nación durante los últimos años, y que a su vez, han generado la infinidad de problemas con los que deben lidiar ambas naciones (La vieja y la nueva); pero, con una diferencia, en Sudán del Sur (La nueva) –por lo menos- se promueve la esperanza. Los del norte, por su parte, aún viven la desolación de un genocidio impune y sesgado.

 Darfur (Conflicto que estalló en 2003 y enfrentó al Norte musulmán con el Sur cristiano) es, o debería ser, una vergüenza para humanidad en general. El último dato oficial generado el 1 de agosto de 2007 arroja que el número de muertes por este conflicto se aproxima a las 750.000. Le repito, 750.000 muertes ahogadas en el silencio de los poderosos, de los que en sus manos tienen la posibilidad de detener la matanza, y en cambio, ¿Qué hacen?

 Apoyan la independencia de una parte de la nación y promueven el cercamiento de la otra, en una clara alevosía a los principios humanitarios que dicen defender. Libraron a algunos de problemas y dividieron a un país sin consultar –por cierto- a la otra parte del mismo (los del norte).

 La Organización de las Naciones Unidas  y las grandes potencias han sido cómplices del desplazamiento –a un segundo, tercero y hasta cuarto plano- de un conflicto de magnitudes espeluznantes. Han apoyado una secesión que no está medianamente cerca de ser la solución a los tortuosos problemas de odio y segregación, sino que los ha profundizado.

 Ayer, Sudán amenazaba con continuar  sus operaciones militares contra las tropas de Sudán del Sur mientras permanezcan en su territorio. Los recientes combates habrían comenzado a finales de marzo y no fue sino hasta  finales de abril cuando cesaron los enfrentamientos diarios, la situación al momento de usted leer este artículo, es de tensa calma.

 Mientras tanto, los caídos siguen siendo enterrados por el olvido, las familias siguen alejadas de sus hogares, al amanecer habrá cientos de nuevos niños soldados, y los gobernantes seguirán enfrentados. Entonces…

 

¿Qué se logró?

 

-Si siente un vacío en el estomago al tratar de responderse esa pregunta, lo invito entonces a reinventarse la historia con ese “habíase una vez” tan aferrado a los buenos finales y tan alejado de estos días en los que últimamente respiramos-. 

Giuliana Ippoliti

Internacionalista

Bajo la protección del Articulo19 de la Declaración de Derechos Humanos, que estipula: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Declaración Universal de los Derechos Humanos; Asamblea General de la ONU el 10.12.1948.

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