Historias: Hay un Camino.

HISTORIA.

(FOTO DE INTERNET)

NORMA NUÑEZ. Era un domingo casi cualquiera.  Como casi cualquier domingo, desperté con ansias por probar esas arepitas maternas con los “huevitos fritos perfectos”, como dice mi padre. Como casi cualquier domingo, me tomé mi café antes de bajar (como casi cualquier domingo) a la oficina. Por esta razón, había decidido no ir a la caminata, tenía que adelantar trabajo. Tenía algunas cosas que hacer y no estaba dispuesta a sacrificar ni el desayuno ni el café. “Igual cuenta con mi voto el 7-O”, pensé.

Algo de procrastinación con la televisión y finalmente me dispongo a abandonar mi casa. Mi papá, cayendo en cuenta de que pretendía salir, me dijo:

–       ¿Y para dónde vas tú?

–       A mi oficina.

–       ¿¿Y por dónde carrizo pretendes meterte tú?? ¿¿¿Ah?? ¿¿No estás viendo el gentío que hay en la calle??? – Asombrado, me reclamó.

       -Papá, yo agarro autopista directo a la oficina, no me toparé con la marcha para nada. – Le dije algo molesta por su reacción.

       -Bueno, anda con cuidado – Dijo algo resignado.

Me monté en el carro, conecté el ipod, y pensé “domingo a las 12:06 pm saliendo de mi casa vía Teatro Teresa Carreño con Sting de fondo. Nada mal”.

Estaba preparada para conseguir algo de tráfico, pero la verdad es que a las 12:38 ya estaba saliendo de la Autopista Prados del Este y enlazando con la autopista Francisco Fajardo. Honestamente pensé  que la gente no había salido a caminar, a pesar de que había visto yo un gentío en Globovisión, pero me limité a encogerme de hombros y poco decepcionada por no encontrar tráfico producto de la caminata.

 Finalmente cuando llegué a la rampa que da hacía la entrada de la Avenida Bolívar y a la entrada del Teatro, encontré retardo. Había vehículos estacionándose a orillas de la plataforma, a escasos metros de la autopista, yo no entendía lo que sucedía. Cuando avancé unos metros y, tras un pestañeo infinitesimal,  descubrí ante mí, una serie de numerosas banderas, gorras, sombreros y pancartas y, acto seguido, una masa inexpresable, increíble, incontable y casi infinita de gente que con pitos y “bubuzas” (si, esas terribles bubuzas) caminando  “a contra flujo” hacia la Av. México (o la Bolívar, sinceramente no lo sé).

Esto les va a sonar en extremo ridículo, pero creo que así debe sentirse uno al encontrarse por primera vez con la inmensidad de alguna belleza natural. En el preciso instante en el que la marea de gente se reveló ante mi parabrisas, me llené de júbilo, emoción, certeza y, a la vez, de algo de vergüenza…Vergüenza por no estar con ellos. Por no estar caminando ahí.

Escalofríos.

¿Qué es lo que hace uno ante algo como eso? ¿Cuál es la reacción inmediata? Por supuesto: Agarrar el teléfono. “Tuitear”. Tomar fotos con Instagram y llamar a la mamá.

–          ¿¿Mamá?? ¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡ESTO ES INCREIBLE!!! NO TIENES NI IDEA

–          Ella (angustiada):  ¡Hija! ¿Estás en la oficina?? ¿Todo bien? ¿Dónde estás!!? ¿¿Qué pasó??

–          Nada mamá, nada. ¡Todo bien! Es que pensé que no me iba a encontrar con la marcha y.. ¡¡¡MAMA!!! ¡¡¡ESTO ES IMPRESIONANTE! HAY MUCHISIMA GENTE, ¡¡DEMASIADA!! No se puede pasar, los carros cornetean, la gente camina y camina.

El hecho de que la reacción de mi mamá no estuviera permeada de esa angustia típica de “te van a matar en una marcha” me dio el impulso de parar el carro en la entrada del estacionamiento del Teatro (cerrado con cadenas, dicho sea de paso) y unirme temporalmente a la concentración.  Armada solo con mi teléfono tomé fotos, filmé y tuitié como pude. La interacción con los transeúntes fue genuinamente cordial, alegre. Todos saludaban a la cámara, todos sonreían.

Minutos después vi cómo empezaban a acelerar el paso y, de repente, corrían. Ahí venía Henrique Capriles, rodeado de gente, apretando manos, saludando y corriendo. Todo al mismo tiempo. Segundos después, la marcha continuaba su ritmo normal y la gente, seguía con su buen ánimo intacto saludando, sonando pitos y ondeando banderas.

Regresé a mi carro. Después de todo tenía que trabajar. En ese momento me di cuenta de qué le estaba dando la espalda a una montaña de gente que no paraba de llegar. Estuve por lo menos 25 minutos en el mismo punto y nunca vi “el final de la fila”. De nuevo la sensación de euforia contenida, de orgullo y de encogimiento por no haberme hecho parte de ello desde el principio.

De vuelta a mi trabajo (intentando descifrar como entrar al estacionamiento) pienso en la diferencia de esta marcha con respecto a las otras. Por trabajar donde trabajo (y que esta referencia se refiera estrictamente a la geografía de mi oficina) no soy nada ajena a las concentraciones/marchas/demostraciones de júbilo revolucionarias. Es de conocimiento público que estas abundan en el Teatro y en sus zonas aledañas y que, en la época en la que al Comandante le encantaba hacer uso de la Av Bolívar para sus mítines toda la zona se rodeaba de “la marea roja”.

No les mentiré, la zona estaba minada de autobuses ayer también. Tantos, que irresponsablemente se estacionaban en donde les viniera en gana, sin ningún tipo de sentido común a la hora de pensar en los demás transeúntes y entorpeciendo por completo el tránsito vehicular. Pero a pesar de las similitudes logísticas en las movilizaciones de ambos bandos la marcha de ayer tenía un aspecto que la diferencia de la marea roja: la energía que emanaba de cada uno de los que caminaba era de esperanza, de compromiso, casi de fé (esto, a pesar de mi latente agnosticismo, ¿eh?).

A riesgo de sonar no solo inocente, sino ridícula- lo de ayer era un caminar de sueños palpables, de voluntades consonantes y de anhelo por un cambio completo, un cambio para mejor. Esa sensación no está nunca, JAMAS en las concentraciones rojas, y es esa sensación la que me hizo sentir avergonzada por no acompañarles, y la que me hizo creer que de verdad, hay un camino.

Bajo la protección del Articulo19 de la Declaración de Derechos Humanos, que estipula: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Declaración Universal de los Derechos Humanos; Asamblea General de la ONU el 10.12.1948.

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