Foto con Historia: Kim Phuc, el perdón tras los horrores de Vietnam.

FOTO CON HISTORIA.

(Fotografía: Nick Ut)

JUAN PABLO CRESPO. “¡Demasiado caliente!, ¡demasiado caliente!”, grita aturdida y entre sollozos una delgada niña de nueve años. Desnuda corre para salvar su vida a través de una recóndita carretera del sureste vietnamita, hace ya 40 años.

Su rostro despavorido refleja la tragedia y el dolor humano de una de las guerras más crueles que ha conocido la humanidad: la guerra de Vietnam.

De fondo, cortinas de humo revelan el calvario de un pueblo. Segundos antes, la muerte viajaba en el zumbido de las bombas incendiarias o de napalm que reducen al mínimo cualquier forma de vida.

Aquel momento pudo ser un episodio más de la guerra de Vietnam. Entre 1964 y 1975 se lanzaron unas 8 millones de bombas, 4 veces más que las utilizadas sobre la arrasada Europa de la II Guerra Mundial.

La foto que el reportero gráfico Nick Ut le toma a Kim Phuc el 8 de junio de 1972, publicada por distintos diarios del globo al día siguiente, puso de rodillas al entonces Gobierno del presidente norteamericano Richard Nixon.

Por su repercusión, el símbolo gráfico de guerra alguna está considerado entre los 10 más importantes en la historia de la humanidad.

“Lo único que veía a mi alrededor era fuego, fue algo terrible. Sentía mucho miedo. Recuerdo que en mi carrera pensaba: ¡Quedaré desfigurada!, ¡las personas me mirarán de otra manera!”, narró Kim Phuc, desde su oficina en Toronto, Canadá, donde vive desde hace 20 años.

“Tomé todas las fotos que pude. Luego pensé, ¡Dios, no quiero que muera!, describió Nick a este rotativo desde California. Allí todavía trabaja para la AP.

El “click” de la cámara Leica apresuró el fin de las hostilidades y dejó al descubierto lo absurdo de la guerra.

En 11 años murieron unos 3 millones de vietnamitas, 2 millones eran civiles, además de 58 mil soldados norteamericanos. Posterior a la batalla, 500 mil niños nacieron con deformaciones físicas como consecuencia del uso de 76 millones de litros de herbicidas con agentes tóxicos.

La historia detrás de “la niña de la foto”, como universalmente se le conoce, está rodeada de sufrimiento, pena, desesperanza y abuso de poder. También de un alma, esclava del odio y la amargura, pero liberada por la fuerza del perdón.

La tarde del 8 de junio de 1972, Kim escapa de las bombas incendiarias que, por un mal cálculo, son arrojadas sobre su aldea budista de Trang Bang por aviones survietnamitas. Las aeronaves intentan hacer retroceder el avance de los comunistas del norte. Pero la huella del horror de la guerra queda tatuado en el cuerpo todavía en formación de Kim. La gasolina gelatinosa ardiente (napalm) expulsada en las explosiones quema casi hasta los huesos un 65% de su piel. Su brazo izquierdo y espalda quedan para siempre deformados.

El napalm es capaz de alcanzar los 800 grados de temperatura, ocho veces más elevada que el agua hirviendo. Son casi nulas las probabilidades de escapar de esta arma química. Pero Kim Phuc desafía los pronósticos de sus médicos, y gracias a Nick vive para contarlo.

El reportero gráfico de AP, igualmente vietnamita, no solo toma la foto que la inmortaliza y le cambia a ambos el rumbo. Nick, además, le salva la vida a Kim al trasladarla en su vehículo de trabajo hasta el hospital de Cu Chi, a una hora de camino desde Trang Bang.

Al amanecer de aquel día, a las 5:00 de la mañana, Nick carga sus dos cámaras fotográficas, una Nikon y una Leica. Esta última con una película Kodak 400.

Viste un uniforme vietnamita parecido al de los infantes de marina. Lleva un kit de supervivencia, una chaqueta contra el fuego y un casco de acero. En un vehículo especial de fabricación japonesa sale desde la sede de AP, en Saigón, junto con su chofer, en busca de las tropas de Vietnam del Sur, que atacarán a los norvietnamitas, quienes avanzan y obstaculizan el paso por la carretera 1.

Ya con la luz del sol, cerca de las 7:30 am, se detienen en las afueras de Trang Bang. Avanzar es imposible. En las inmediaciones, centenares de refugiados que escapan de la aldea cocinan o duermen en el suelo a la espera de poder regresar a sus casas. Es ya el tercer día de combates.

La mañana transcurre con fuertes bombardeos. Los primeros cadáveres comienzan a aparecer. Como persiste el bloqueo de la ruta, las tropas en tierra solicitan refuerzo aéreo a las unidades de Vietnam Airforce. Advertido Nick y los otros periodistas de la situación, toman posición con sus cámaras.

Una granada de humo amarillo lanzada por un militar en tierra le señala a los pilotos el blanco a ser atacado. La tensión se respira en el ambiente. El reloj marca apenas unos minutos después de la 1:00 pm.

El ruido que produce los motores de los aviones es opacado por las bombas explosivas que caen al borde de la aldea. Le siguen las tipo incendiarias que lejos de la señal amarilla caen mucho más cerca de la población.

Kim y su familia se protegen en el templo. Entre el fuego aparecen aldeanos heridos que se dirigen hacia la línea de los soldados y los reporteros, por la ruta 1.

Kim y parte de sus seres queridos salen corriendo porque se presume que el templo puede ser atacado. El infernal gel gelatinoso consume parte de su ropa. El resto se lo quita ella para evitar mayores quemaduras, aunque ya su piel tiene marcado el sello del napalm.

Nick es el único reportero que captura el instante en el que Kim levanta sus brazos y se queja con un grito que le sale de sus entrañas, gracias a que tiene varias cámaras. Los otros reporteros recargan con nuevas películas y se pierden el cuadro perfecto.

En la imagen, al lado izquierdo corre el hermano mayor de Kim, muerto años después. Más atrás su hermano menor. Al fondo, a la derecha, dos de sus primos. Incapaces de huir del infierno, sus padres en cambio abortan la huida y deciden regresar a la iglesia para resguardarse.

Ese día, la niña pierde a dos primos, uno de 9 meses y otro de 3 años. Una tía, madre de los pequeños fallecidos, sufre graves quemaduras también.

“Kim se paró frente a nosotros, le di agua y la cubrí con un poncho. Al rato, la tomé y la subí al vehículo”, cuenta el fotógrafo a PANORAMA desde Los Ángeles.

El trayecto al hospital se convierte en 60 interminables minutos. “Estoy sedienta, necesito agua”, vuelve a decir Kim, quien a ratos pierde el conocimiento. “No te preocupes, pronto llegaremos”, trata de consolarla el fotógrafo de apenas 20 años. Los dos hermanos, un tío y una tía de la pequeña son parte de los pasajeros de la unidad que a toda marcha se dirige a su destino. Cuando llegan al hospital, ya Kim está totalmente inconsciente. En un principio, los médicos que la atienden no creen que sobreviva.

Mientras tanto, Nick sabe que tiene una foto de gran impacto. Cuanto antes debe ser enviada a la sede central de la agencia en Nueva York, pero regresa a su corresponsalía solo cuando se asegura que Kim está sobre la mesa de operaciones.

Cumplida la primera parte de la misión, Nick está ya en su oficina ubicada en la antigua capital de Vietnam del Sur. Saigón, hoy Ho Chi Minh, ha inspirado decenas de libros, series y películas de la guerra que puso a prueba el límite de la resistencia humana. “Apocalypse now”, “Pelotón”, “¡Buenos días Vietnam!” y “Nacido el 4 de julio” son parte de esa cinematografía.

En un cuarto oscuro más de 200 fotografías son reveladas a partir de 8 rollos. De pronto, aparece el negativo en perfecto estado. “¡Dios mío, es una gran foto!”, exclama Nick, sin imaginarse que meses después ganará el “World Press Photo” de 1972 y al año siguiente el premio Pulitzer, el Oscar de la fotografía.

Una copia se imprime para que Carl Robinson, el editor, evalúe la imagen. Tras reconocer que se trata de algo único, suelta unas palabras que parecen lapidarias: “No podrá ser publicada en Estados Unidos. Por razones de censura, el desnudo frontal de Kim lo impide”, rememora Nick sobre el comentario de Robinson.

Al rato se presenta el jefe de la oficina, Horst Faas, quien no duda en enviar la foto a Nueva York porque cree que, en esta oportunidad, el valor noticioso está por encima de cualquier limitación.

De esta manera es entendido también en el comando central de la AP, pese a ciertos titubeos iniciales. Llenos de valor, y previo a un acuerdo de palabra, se decide correr el riesgo: La foto se distribuye por los medios de comunicación norteamericanos y otros afiliados en el mundo.

El pacto prohíbe cualquier acercamiento que desvincule a Kim de su contexto. Así ocurre y la fotografía se publica exactamente como fue tomada, sin cambios.

La imagen estremece el planeta, especialmente al pueblo y al mundo político de Estados Unidos, que sufre en Vietnam una humillante y hasta ahora única derrota en el campo de batalla.

Las protestas se apoderan de las calles dentro y fuera del suelo estadounidense. Las sociedades todavía impregnadas por el movimiento contracultural “hippie” de los años 60, que promueven la paz y el amor, rechazan la violencia de la guerra.

La inocente víctima del napalm estremece hasta al más indiferente de los seres humanos. El Gobierno de Nixon se encuentra en el ojo del huracán. Su administración batalla contra una avalancha de críticas. Una cinta de audio difundida por la Casa Blanca tiempo después demuestra que Nixon comete una grave equivocación al dudar de la autenticidad de la foto.

“Las palabras de Nixon me molestaron mucho. Nadie puede negar que la niña de la foto cuenta una historia muy real de lo sucedido en Vietnam”, afirma Nick.

Para Kim, lo que viene después del bombardeo son 14 largos meses entre sábanas blancas, medicamentos y dolorosos tratamientos. Los estudios y los juegos al aire libre son sustituidos por más de 400 días de terapias y 17 injertos de piel.

La mayor parte del tiempo la pasa boca abajo. Los ejercicios a los que es sometida como parte de la rehabilitación son una tortura china. Las pesadillas nocturnas conspiran en su contra, al igual que el resentimiento que dentro de ella crece contra los pilotos del ataque con napalm.

Cuando termina el calvario en el hospital, en agosto de 1974, Kim regresa a su hogar. Pasa los días entre dolores y pesadillas que no puede controlar.

Su aspecto la hace sentir frustrada. Con ropa de mangas y cuellos largos trata de ocultar sus cicatrices. En la adolescente que se abre paso afloran sentimientos que se estrellan cuando el espejo le recuerda las huellas de la guerra. “¡No podré casarme ni tendré hijos!”, cuenta Kim a este diario sobre lo que en ese momento pasa por su mente.

Una buena noticia por fin ilumina su vida cuando logra cumplir uno de sus sueños: estudiar medicina para ayudar a los enfermos, en particular, a los niños.

Durante esos años deja el caodaísmo (religión Budista). Un amigo la lleva a una iglesia cristiana y de inmediato se engancha con lo que pasa a ser su nueva religión. Oración tras oración, tímidamente comienza a germinar en ella una paz interna y un sentimiento de perdón.

Pero mientras Kim recompone poco a poco su vida, la tragedia toca otra vez sus puertas. El nuevo zarpazo le desgarra como nunca el alma.

A sus 19 años, una década después del bombardeo con napalm, el Gobierno comunista de su país la recluta para utilizarla exclusivamente como un símbolo en favor de sus intereses políticos internos y externos. “Aquello fue en extremo difícil para mí. No quería seguir viviendo”, describe.

Las críticas contra Estados Unidos están siempre presentes en cada entrevista que Kim ofrece de manera planificada por el régimen.

Una y otra vez Kim le repite a las autoridades que anhela retomar los libros y compartir con sus amigos de la universidad. La respuesta siempre es un seco ¡no!

Su persistencia y oraciones rinden sus frutos en 1986. El gobierno al fin le permite volver a estudiar. Claro, tiene que ser en otro país comunista: Cuba.

Allí, una familia adoptiva la recibe con los brazos abiertos. El nuevo hogar es pilar para su recuperación emocional y en su aprendizaje del español, que todavía conserva y mezcla con gracia con algunas palabras en inglés.

Las espinas, sin embargo, no faltan en el país del entonces presidente Fidel Castro. Problemas como la diabetes le obligan a interrumpir las clases tanto de farmacia como de español.

Las nuevas adversidades de salud no son impedimento para que la fe y la paz interna continúen ganándole la batalla a la amargura. “No fue fácil, pero con la ayuda de Jesús, con su poder, pude ir sanando las heridas de mi alma”, describe Kim.

“Para las heridas físicas existen los doctores y los medicamentos. Curar las heridas del corazón es un proceso mucho más difícil de alcanzar, aunque con Dios todo es posible”, agrega.

La felicidad le sonríe de nuevo cuando el amor toca las puertas de su corazón en transición. En Cuba conoce a otro estudiante vietnamita, Bui Huy Toan.

Kim y Bui no solo se enamoran. En 1992 juran compartir juntos hasta el fin de sus días. De esa unión que vence la desesperanza nacen sus dos hijos.

“Gracias a Dios aprendí a amar a mis enemigos porque tengo la fe en Jesucristo. Todo aquél que sienta odio en su corazón, debe saber que es posible perdonar y amar al enemigo a través de la fe en Dios. Si yo lo hice, todo el mundo puede hacerlo”, asegura.

En 1997, Kim inaugura una fundación que lleva su nombre. La institución, ubicada en Toronto, promociona la paz del mundo y ayuda a los niños, víctimas de las guerras alrededor del mundo. Desde ese mismo año es embajadora de la Buena Voluntad de la Unesco.

 FUENTE: http://www.panorama.com.ve

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