Testimonio: En Somalía,Tres dedos, tres muertos

TESTIMONIO.

Por Xavier Aldekoa

Afgoye, última ciudad en caer bajo el control de las fuerzas africanas, es una puerta abierta a los terribles efectos de la guerra en la población somalí. Y avanzar hasta el frente de batalla, a 50 km de Mogadiscio, la posibilidad de entender la importancia del clan en la sociedad de Somalia y que los detalles también explican las guerras. Aunque sean detalles de plástico.

Hay vocabularios mentirosos. Del mismo modo que existe la palabra viuda o viudo para alguien que pierde a su pareja, o huérfano para el niño que se queda sin padres, no existe un término que defina, de una tajada y sin suavizantes, a los padres que pierden a un hijo. Porque es antinatural. O debería serlo. En Somalia, después de 21 años de Estado fallido y violencia, con dos oleadas de hambrunas inaceptables, han muerto centenares de miles de niños. Pero como la lengua de una nación puede ser un acto de esperanza, el somalí no ha creado una palabra para unos padres que han perdido a sus niños. No existe aunque haga falta.

«¡Ratatatatatatata!». Farah viste un chador oscuro, un pañuelo violeta anudado a la cabeza y, en el final de las mangas, lleva bordadas unas margaritas blancas. Avanza por un camino de tierra junto a un grupo de niños y mujeres a las afueras de Afgoye, última ciudad conquistada al grupo radical Al Shabab, a unos 30 kilómetros de Mogadiscio.

Farah quiere que la entienda y eso es más que suficiente. Pide que atienda. Simula una metralleta con sus dos manos, repite el ruido de ráfagas de disparos -¡ratatatatatata!- y recrea con las manos una huida en masa. Luego posa su mano sobre la cabeza de uno de sus hijos, que lleva una camiseta de Spiderman, le señala la barriga y se lleva dos dedos a la boca. Farah termina con un volteo de muñeca que sugiere una interrogación. ¿Y ahora qué?

La injusticia quizás pueda ilustrarse con un par de giros de muñeca, pero a dos pasos, un soldado de las fuerzas africanas es consciente de que otros detalles se pierden si no hay palabras. Accede a traducir. Farah empieza a hablar de carrerilla y al cabo de un momento se detiene. Abre la palma de la mano, se agarra la punta de un dedo, pasa al siguiente y luego al otro. Tres.

¿Tres qué?, pido al soldado.

Dos hijos y un marido. Tres dedos, tres muertos», responde.

Farah sigue haciendo señas. No habla pero la voz más potente del mundo no podría gritar más fuerte que esos gestos: se pone dos dedos en la sien y dispara. 

«Al Shabab -le explicará después al soldado- acusó a su marido de espía porque iba de vez en cuando a Mogadiscio. Él comerciaba allí, pero aún así les pareció sospechoso y le pegaron un tiro en la cabeza». Farah se marcha con el caminar pausado de quien sabe que la guerra la ganan pocos -en Somalia aún están decidiendo quién- pero la pierden siempre los mismos. 

En el campamento militar de Afgoye hay tres hombres que dicen ser desertores de Al Shabab. Un buen día se dieron cuenta de que disparaban desde el bando equivocado y ahora aprietan el gatillo para el ejército del gobierno somalí.

¿Pero cómo demonios saben que no es una trampa, que esa supuesta rendición no es una táctica para que los soldados de Al Shabab se infiltren en las líneas enemigas y ataquen desde dentro? El coronel ugandés Kayamja Muhanga contesta con el sosiego de quien no acepta lecciones de guerra de nadie con menos cicatrices que él. Su respuesta es un atajo a la realidad somalí. «No es difícil. Preguntamos a las familias. Buscamos de dónde vienen, quienes son y hablamos con los ancianos de su clan. Nosotros también realizamos controles, pero ellos nos dicen si podemos fiarnos de ellos», explica.

En Somalia, donde prácticamente toda la población es de la misma etnia, con costumbres, lenguas y tradiciones comunes, la identidad la generan los clanes. Un somalí puede emigrar, cambiar de nombre, de dios o incluso de sexo pero jamás podrá cambiar de clan; toda su vida estará ligada al tejido de relaciones interpersonales o clientelares de uno de los seis grandes clanes (con sus respectivas ramificaciones) de Somalia.

El coronel Muhanga da por acabada la charla porque debemos ir al kilómetro 50, el punto exacto del frente de batalla. A partir de ahí Al Shabab manda. «Son buenos guerreros», apunta. Y tienen que serlo porque las fuerzas de la Unión Africana en Somalia (Amisom) cuentan con 12.300 soldados en el país -serán 17.730 antes de diciembre- y apenas controlan la capital somalí y el medio centenar de kilómetros de las afueras.

El viaje hacia la primera línea de combate no provoca frentes sudorosas, sienes palpitantes ni miedo hecho silencio. «Los enfrentamientos se producen cada dos semanas, a veces cada tres», admite el coronel. Para esos soldados, la mayor parte del tiempo de su guerra en Somalia es polvo, calor y sed.

En cada uno de los cuatro blindados viajan media docenas de soldados ugandeses que deshojan el calendario porque en un mes les llega el relevo y podrán volver con sus familias. A uno de ellos le toca hacer todo el viaje en la escotilla y la mano en el gatillo de la ametralladora, pero más allá de eso nada parece una guerra. El campamento avanzado menos. Detrás de las trincheras, todo es calma. Cuatro soldados charlan junto a una mesa de camping a la sombra de un árbol. A dos pasos hay un tanque al que sólo hacen caso los periodistas. 

La expulsión de Al Shabab de Mogadiscio en agosto del año pasado ha hecho cambiar las tácticas de la milicia. La guerra ahora es en campo abierto y la situación está tomando forma de guerra de guerrillas. «Suelen atacarnos por la noche y en grupos pequeños, hace tres días uno de nuestros convoyes sufrió una emboscada a las diez de la mañana. Ellos eran 15 e hirieron a dos de los nuestros», señala Muhanga.

Ordenan volver al blindado porque hay que regresar antes de que se vaya el sol. Frente al asiento del copiloto, cuelga del techo del vehículo una rosa de plástico. Un soldado coge al vuelo la mirada de extrañeza y lo explica. «Es para adornar», dice. Una flor sin olor para que la guerra sea menos guerra. El soldado no dice nada más y el traqueteo del camión le sumerge en sus pensamientos.

Cuando hay un bache en el camino, la rosa de plástico rebota en el cristal y parece que se vaya a caer. Pero no se cae.

 

Publicado Originalmente en http://www.lavanguardia.com


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