Opinión: Revoluciones Árabes: ¿Jomeini o Atatürk? (PARTE I)

OPINIÓN.

Por Daniel Terán-Solano*

 

Los procesos vividos recientemente en el mundo árabe, llamados por la prensa “Primavera árabe” o más exactamente “rebeliones” pueden tener para nosotros los occidentales unos significados y alcances diferentes a los que creemos y suponemos.

Para conocer un poco más claramente el impacto de estos eventos que aún se desarrollan, conviene hundirse en las aguas de la Historia para ver de forma más limpia el panorama, pues en una región como el Medio Oriente es fundamental conocer no sólo el contexto geopolítico sino también los antecedentes histórico-sociales.

 Las mil y una noches…

El mundo árabe, cuya extensión abarca desde el norte de África hasta los ríos Eufrátes y Tigris, alcanzó dicha magnitud entre los siglos VII-XI, cuando la religión islámica se extendió, creando un imperio tan vasto que superó al persa, al de Alejandro Magno y a la misma Roma: desde España hasta la India, siendo este el tamaño aproximado del núcleo central del islamismo en la actualidad.

Para muchos musulmanes de ésa región, especialmente los árabes, ésta fue su “era dorada”, su mejor momento. Y en efecto, ciudades como Bagdad y Damasco o incluso Córdoba fueron centros de poder y esplendor cultural y económico. En aquellos tiempos lo Oriental era lo moderno, mientras que lo occidental lo anticuado: aportes en numeración y en el leguaje con nuevas palabras; la traducción de clásicos griegos y latinos olvidados; los orígenes de química; avances en la astronomía, la matemática y la geometría; e inventos de la China como la brújula, el papel y la pólvora llegaron a Europa gracias al Islam triunfante y reinante. Con total razón el Islam era una potencia y es completamente lógico que hoy sus seguidores vean tales épocas con gran orgullo… y nostalgias.

Como la famosa obra de la literatura árabe, para muchos musulmanes de bien, (y no sólo únicamente los terroristas integristas) tanto árabes como persas, afganos, africanos o hasta turcos, la historia gloriosa ha sido “interrumpida” tal cual como hacía la bella Sherezade, y queda la ansiedad y el suspenso presente por su debida conclusión. Para muchos de ellos hace falta entonces completarla, cerrar el memorable ciclo, cumpliendo el deber de volver al Islam a sus tiempos magnos.

 El regreso de la edad dorada…

Ahora bien, ¿cómo es eso de regresar el tiempo pasado? Tal cosa nos resulta imposible e inconcebible, pero estamos pensando como occidentales, seres que tienen muy marcada una idea del progreso como un cambiar constante, lineal y sucesivo. Dicha forma de pensar no aplica precisamente al Medio Oriente, donde la norma es la defensa y conservación de la tradición y la desconfianza casi militante y obsesiva contra lo moderno, o sea aquello que atente contra el quietismo o inmovilismo que emana de las costumbres, lo cual por cierto, se ve como una intromisión extranjera más, del occidente en el mundo musulmán.

Y esa forma de ver la vida no es exclusiva de los árabes y musulmanes, en Israel, la sociedad judía enfrenta cotidianamente los problemas de adaptación que implican la lucha entre sectores más ortodoxos (los hasidim y jaredim) y las fuerzas seculares, laicas y modernistas de la misma población israelí. El punto es el de siempre: los ortodoxos quieren que en el país se aplique rigurosamente las leyes religiosas, se mantenga la tradición y se rechace el modernismo que atente contra costumbres ancestrales y sagradas.

Pero la diferencia esencial entre Israel y todos sus vecinos es la existencia de una democracia parlamentaria que se ha mantenido firme y operativa durante más de 50 años, respetando a los grupos en tensión mediante un estado de derecho que crea balances y equilibrios. Algo similar no existe en el mundo árabe.

“Rebeliones de libertad”

Y es precisamente la ausencia de democracia, de una democracia real, formal y operativa lo que nos hizo ver (o querer ver) que las rebeliones de la primavera árabe eran única y exclusivamente una búsqueda por la concreción definitiva de una mayor libertad política y social, tal cual como dictan nuestros ideales occidentales.

Así, prestigiosos historiadores –como Eric Hobsbawm- llegaron a ver paralelismos con las revoluciones europeas de 1830 ó 1848. Pero ¿es realmente así?

Veamos:

Más allá de la deposición de regimenes innegablemente tiránicos y corruptos, todo parece indicar que las Rebeliones árabes buscan una libertad muy diferente al sentido occidental, sobre todo cuando se analiza quiénes son los principales protagonistas promotores de dichos cambios o quiénes se han convertido en las voces cantantes que han motorizado y se han benefician de los resultados que están generando tales procesos.

Los derrocados gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, y el que está en vías de ser depuesto en Siria, eran algunos de los más occidentalizados de la región, es decir: habían adoptado ideas, conceptos o ideologías de procedencia occidental y las habían querido adaptar en sus países, permitiendo una división más o menos real, según fuera el caso, de la Iglesia y el Estado, por tanto concedían una mayor participación social a la mujer y otorgaban una mayor importancia pragmática a las ideas, modas e innovaciones tecnológicas de occidente. Pero evidentemente eran regimenes opresivos, represores y corruptos, donde minorías muy claras ejercían un abusivo control del poder: la familia Ben-Alí en Túnez, el clan de Sirte y los Gadaffi en Libia, las cúpulas militares en Egipto y los alauitas en Siria. Sus mayores opositores resultaban ser precisamente los sectores islamistas más tradicionales que veían con horror áquellos elementos que iban en contra de la conservación pura de la sociedad musulmana y que ésas élites tiránicas consentían y permitían, incluso con la complacencia y apoyo de potencias occidentales…

Revisando la historia reciente de la región, lo que hemos descrito suena muy familiar: al Irán anterior a 1979, cuando gobernaba el sha Mohammad Reza Pahlevi.

Él fue para la región el típico Déspota ilustrado, y también el mayor aliado de Occidente  -primero de Gran Bretaña luego de los EEUU– por lo que hoy algunos buscan destacar sólo la parte “ilustrada”, mientras que por ello mismo otros prefieren resaltar la parte del “déspota”. Sin embargo, desafortunadamente ambas cosas no se pueden separar de un personaje y los iraníes hartos de de abusos, ausencia de derechos y explotación se alzaron gustosos contra el progreso y la modernidad que se les ofrecía, apoyando a un relativamente desconocido clérigo (Ayatolá) llamado Jomeini que estaba exiliado en París, y que predicando fieramente tanto contra a la occidentalización como a la opresión, finalmente consiguió liderar y aglutinar en torno suyo al movimiento que derrocó al sha.

Al caer la monarquía absoluta persa, Irán se convirtió en una República y conoció elementos de libertad que durante siglos jamás tuvo: elecciones periódicas, partidos políticos y sindicatos, y un boom inicial de libertad de prensa, pero en otros aspectos, retrocedió: se fundieron la Iglesia y el Estado, por tanto se abolió la libertad de cultos, el clero islámico chíita tuvo poder total para supervisar cualquier actividad social y hasta anular resultados electorales y vetar leyes. Así, desapareció el boom de la libre prensa y la libertad de cátedra en universidades cesó, la mujer quedó relegada a un papel secundario y sometido al hombre, y lo considerado occidental (modas, ideas y hasta tecnología) quedó visto como algo que podía usar el “Gran Satán” –Los Estados Unidos- contra el país y contra el Islam.

Objetivamente hablando, bien podríamos decir que la de 1979 en Irán, más que una revolución, terminó siendo una contrarrevolución islámica contra la occidentalización que vivió el país bajo el reinado opresivo del sha.

A pesar de esto, su impacto fue muy grande en la región, especialmente porque en los años ’80 del siglo XX con el desafío y enfrentamiento con los EEUU, la Revolución islámica iraní alcanzó una notoria publicidad que la convirtió en una especie de símbolo-ejemplo del islamismo tradicional, heroico y triunfante que había podido vencer en su zona a la occidentalizacion forzada y sus cómplices, proceso que se consideraba impuesto por las grandes potencias europeas y norteamericanas, alcanzando así ésta revolución no árabe un impacto mucho mayor que las egipcia de 1952 o la argelina de 1962, genuinamente árabes y que se diluyeron sin conseguir sus anhelos panarabistas, socialistas y anti-imperalistas en el Medio Oriente.

Continuaremos en una próxima entrega…

*Daniel Terán-Solano es Licenciado en Historia (UCV) Candidato a Doctor en Historia y cursante de la escuela de Educación en la misma casa de estudios. Ha sido docente por 15 años en el área de Ciencias Sociales, especialmente en Historia universal e Historia contemporánea de Venezuela.

08/Septiembre/2012.

Bajo la protección del Articulo19 de la Declaración de Derechos Humanos, que estipula: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Declaración Universal de los Derechos Humanos; Asamblea General de la ONU el 10.12.1948.

Comments
2 Responses to “Opinión: Revoluciones Árabes: ¿Jomeini o Atatürk? (PARTE I)”
  1. ngg dice:

    Excelente informacion publicada, felicito al autor por este reportaje, la verdad que es de suma importancia ….

  2. liz Martz dice:

    excelente articulo, espero con ansias la segunda parte!

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