MOSCÚ RECUERDA SECUESTRO EN Teatro Dubrovka exigiendo la verdad

RUSIA.

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(EL MUNDO).- Eran las cinco y media de la madrugada de un día como hoy hace diez años cuando algunos rehenes vieron un gas gris avanzar lentamente hacia ellos desde el techo. Era el principio del fin de uno de los secuestros más difíciles que ha tenido que afrontar un Gobierno.

Las víctimas civiles de la toma del teatro Dubrovka de Moscú en octubre 2002 no olvidan las 57 horas de secuestro. Y algunos no perdonan al Gobierno ruso por la discutible operación de rescate y la chapucera evacuación de los heridos, casi todos víctimas de intoxicación. Los ‘daños colaterales’ finalmente se cifraron 130 muertos, algunos de ellos niños. Ningún terrorista sobrevivió, según las autoridades rusas.

Vladimir Putin, que apenas llevaba dos años en la presidencia, no había vivido una pesadilla similar en el cargo. Un grupo de medio centenar de terroristas separatistas chechenos capturaron el 23 de octubre a los cerca de 850 espectadores que asistían al musical ‘Nord-Ost’ y también a los artistas. Exigían el fin de la guerra en Chechenia y la retirada de las tropas rusas: dos demandas que el Kremlin se negó a estudiar, pese a que muy pronto ambas partes tuvieron claro que la crisis difícilmente podría tener una solución incruenta.

Durante el secuestro algunos de los terroristas les ofrecieron a los rehenes con los que habían cogido más confianza un papel con una frase escrita en árabe. Si la recitaban antes de morir, serían considerados musulmanes por Alá y lograrían la salvación: “No hay otro Dios que Alá”, decía la plegaria. En ese momento las fuerzas antiterroristas de élite ya estaban ensayando un asalto en un teatro idéntico al Dubrovka.

Recuerdo de los inocentes

Frente a la lógica militar aplicada entonces por el presidente y lo espectacular de la irrupción de las fuerzas especiales se impone estos días el recuerdo de los nombres y las caras de los inocentes que no salieron vivos del teatro. Es el caso de Nina Milovidova, de 14 años. Había acudido a ver el musical ‘Nord-Ost’ con su hermana Elena, de 12. La pequeña fue liberada por los terroristas, pero la mayor murió intoxicada por el gas. Su padre Dimitry Milovidov, se queja de que fue «arrojada en un autobús junto con los demás en lugar de ser atendida en una ambulancia».

El caso de Nina no es una excepción. Los prisioneros, anestesiados, fueron arrastrados por las fuerzas especiales hasta el exterior, pero muchos se ahogaron en su propio vómito sin nadie que los atendiese. El Gobierno no quiso avisar a los médicos de que iba a usar un potente gas, y mucho menos darles detalles del mismo. Así que los doctores, que esperaban un desenlace con heridos de bala y por detonaciones, se vieron sorprendidos por una multitud de asfixiados a los que además se intentaba esconder.

Tatiana y su hijo Alexsander

Tatiana Karpova no puede contener la rabia y las lágrimas al relatar a EL MUNDO cómo su hijo, Alexsander, murió en una ambulancia después de pasar varias horas apilado entre cadáveres en un autobús aparcado frente al teatro. Tenía 31 años y los documentos prueban que los médicos certificaron su muerte por la tarde, cuando su cuerpo todavía conservaba 35 grados de temperatura.

El secuestro había terminado al amanecer, pero el caos, la desorganización y la resistencia del Gobierno a facilitar datos precisos a cualquiera que no fuesen sus fuerzas especiales impidieron que se salvasen más vidas. “Hubo muchas muertes horribles iguales que las de mi hijo, y yo jamás voy a perdonar” explicaba ayer. Ahora sus esperanzas están en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que el pasado mes de diciembre escuchó sus quejas y pidió a Rusia que indemnizase a los 64 demandantes. Karpova quiere ahora “una investigación hasta el final, que además aclare la fórmula del gas utilizado”.

Los rehenes podían morir por un balazo de los captores o directamente volar en pedazos si cualquiera de las chechenas que acompañaban a los guerrilleros hacían estallar los explosivos que llevaban pegados al cuerpo. Pero finalmente fue el gas y la mala suerte la que condenó a 130. “Queremos prevenir futuras tragedias”, dicen desde la organización Nord-Ost, que agrupa a supervivientes y a familiares de las víctimas y exige al Estado ruso que reabra la investigación.

“Está claro que tienen algo o alguien a quien encubrir”, concluye Tatiana Karpova, que apunta directamente a Vladimir Putin. Pero 10 años después es difícil saber la verdad, pues muchos documentos al respecto fueron destruidos y la población rusa sigue prefiriendo que se expulse a los chechenos de las ciudades a que se investigue qué pasó aquella oscura madrugada de hace diez años.

26/Octubre/2012.

14:35 hrs.

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