Factor Musical: Una pequeña historia del Jazz latino Vol. I

FACTOR MUSICAL.

Por José Antonio Aguirregómezcorta G. / joanaggr@gmail.com

 Según el gran maestro Tito Puente, el Latinjazz es: “La música de Jazz combinada con nuestros ritmos latinos. Es un matrimonio de ambas músicas, la moderna concepción de las armonías y los aspectos melódicos del Jazz, combinados con nuestros instrumentos de percusión latina, nuestros instrumentos culturales. Esto refleja la estrecha relación de las raíces musicales de las dos expresiones. Pienso que la creación es excitante, esa combinación es única en la tradición Jazzística” (Traducido de El Rey’s Mambo-ology: An interview with Tito Puente. Interviewed by Peter Kohan. 1999)

Es totalmente indiscutible que el Jazz es la manifestación afroamericana por excelencia. Igualmente se menciona  a la Salsa como el fruto musical de mayor importancia del Caribe hispanoparlante. Asimismo se expresa, de acuerdo con Tito Puente, que el Jazz Latino es una conjugación de ambos elementos, tal vez debido a que poseen la misma raíz: el continente africano y los esclavos que trajeron al Nuevo Mundo. Pero, ¿de dónde viene exactamente? ¿Qué es el Jazz Latino? La historia comenzó en el Renacimiento, cuando las potencias europeas advirtieron nuestra existencia en el planeta… 

 

GÉNESIS

La primera vez que los africanos llegaron a América fue en 1518 debido a las peticiones reiteradas del fraile Bartolomé de las Casas, el llamado apóstol de los indios. El Rey de España, Carlos V, escuchó sus rogativas a favor de los pobladores autóctonos de América y aprobó la comercialización de los negros africanos. Realmente lo que hicieron fue cambiar el esclavismo de los aborígenes por el de los llegados más allá del Atlántico. A los pobladores autóctonos les era insoportable el cruento trabajo quienes, rápidamente, fenecieron a consecuencia de sus fortísimas labores y de las extrañas enfermedades traídas al Nuevo Mundo por los europeos. En cambio, los africanos eran mucho más fuertes físicamente, por lo cual resistieron mejor el exceso de la incansable tarea y los miles de maltratos a los que fueron sometidos. Aquello fue, sencillamente, un espantoso cambio de mano de obra barata, trascendiendo el exterminio de los actualmente denominados amerindios. Este infame comercio fue realizado esencialmente por mercaderes italianos, portugueses y holandeses; ellos los capturaban en los inicios de la trata a una tasa de 4.000 esclavos anuales, alcanzando  en pleno apogeo, la cifra de 30 mil raptos al año.

 

El primer pérfido cargamento humano llegó a la actual Cuba, Las Indias Occidentales. Desembarcaron en condiciones infrahumanas unos cientos de hombres y mujeres procedentes de Guinea y Costa de Oro (actual República de Ghana) iniciándose la pavorosa era del esclavismo la cual se prolongó hasta mediados del siglo XIX. Cien años después, en 1619 llegó a al Puerto de Jamestown  – hoy en el Estado de Virginia, Estados Unidos – una nave de procedencia holandesa con el primer contingente de esclavos a Norteamérica. Al año siguiente nació el primer afroamericano.

La arrancada población africana llegaba primero a cuatro distintos lugares en el Nuevo Mundo: Willemstad, capital de Curazao; Veracruz, en el Golfo de México; Mar del Plata en Argentina y Bahía al Norte de Brasil. Al llegar a su primer destino, los recién esclavizados eran divididos en tres grupos: uno de los bloques sería trasladado a lo que es hoy Estados Unidos, por entonces colonia de Inglaterra; el segundo a Centro América y el Caribe, colonia de España (entre ellos, por supuesto, Venezuela); y el tercero al cono sur, en su gran mayoría a lo que hoy es Brasil, territorio portugués. Antes de salir a su final destino, los esclavos habían sido anteriormente curados, algo alimentados, restaurados, remendados y adiestrados en algunos sencillos oficios. Es decir, reparaban la “mercancía” antes de venderla a su “domicilio” final.

De acuerdo con lo expuesto en el site http://www.solociencia.com/arqueologia/06022702.htm; la presencia africana en América Latina ha sido

“… determinada a través de la lectura de firmas reveladoras confinadas en el esmalte dental de los individuos por los isótopos de estroncio, un elemento químico que entra en el cuerpo a través de la cadena alimenticia, de igual manera que los nutrientes pasan del lecho rocoso a las plantas y animales, a través de la tierra y el agua. Los isótopos encontrados en los dientes son una firma indeleble del lugar de nacimiento, porque pueden ligarse directamente al lecho de roca de sitios específicos, proporcionando a los arqueólogos una herramienta poderosa para rastrear la migración de individuos sobre la Tierra”

                Igualmente, señala que en casi 400 años de comercio desnaturalizado, alrededor de 12 millones de personas fueron esclavizadas por los europeos y consignadas cuales productos, a trabajar en minas y plantaciones del llamado Nuevo Mundo, siempre bajo espeluznantes circunstancias.

Estas personas pertenecían en África a diferentes etnias, principalmente Yorubas, de religión Lucumí y procedentes de las  actuales Nigeria y Togo; Mandingas, de religión islámica y de las actuales Costa de Marfil, Mali y Sierra Leona; Ashantis, del Imperio Asante, musulmanes, actual Ghana,.. llegando hasta 17 nacionalidades registradas, entre otros lugares, en los archivos, que personalmente leí, del Museo Martin Luther King en Willemstad, capital de Curazao. Todas estas etnias hablaban distintos idiomas y poseían diversas culturas musicales, las que entremezclándose entre sí, con las autóctonas amerindias, y también con la de sus “amos” europeos; originaron con el transcurrir de los siglos una vertiente musical espectacular que hoy se disfruta en el mundo entero.

Adicionalmente, en lo que referido a la música latinoamericana, la misma también posee muchos y variados condimentos arábigos. Al respecto, Delannoy, L. (2001) destaca el altísimo componente árabe en el desarrollo de la musicalidad hispanoamericana. La península Hispánica estuvo ocho siglos bajo la dominación árabe; por lo que la música de los conquistadores españoles y lusitanos, trajo también a América componentes del África musulmana blanca, tanto en los aspectos tonales y armónicos, como en las maneras de cantar. Algo muy visible en, por ejemplo, el cantar flamenco y los fados. Es por ello que hablar de una música española pura, es sencillamente imposible. Tanto es así, que el tres cubano – instrumento indispensable para entonar el Son y el Montuno – es un instrumento derivado del laúd árabe. Igualmente son evoluciones del laúd el cuatro puertorriqueño, el cuatro venezolano, la bandola, el cavaquinho brasileño, el charango argentino y por supuesto la mismísima guitarra española.

Musicalmente hablando, la música del Caribe y de casi toda hispanoamericana, posee dos bases rítmicas de procedencias francesa y árabe-española: El Cinquillo y La Clave. El primero corresponde a “una célula rítmica sincopada” (Delannoy, L. Fuente citada) la cual sirve como fundamentación a expresiones árabes con motivo baladí y al ritmo Tango del flamenco; las cuales se fusionaron esencialmente en Haití y de allí se expandió hacia el resto del Caribe. El Cinquillo abarca un solo compás a través de dos expresiones, una de tres golpes y otra de cinco golpes. Orovio, H. (1992) por su parte expresa sobre El Cinquillo lo siguiente: “… grupo de notas sincopadas que forman un ritmo regular” generando la Clave, la cual por su parte posee cinco notas en dos compases: el 3 – 2 para la rumba y el 2 – 3 para el son; además en algunas formas de música brasileña, se le agrega un “rebote” en el último golpe de las cinco notas. Igualmente se considera la base rítmica de mayor importancia en la música afro-latinoamericana, fundado en un balanceo muy importante entre todas las notas de la composición que esté “en clave”. El Jazz Latino, posee, indefectiblemente, Clave;  a diferencia de su hermano el Jazz que posee otras estructuras tonales y rítmicas.

Dando un brinco de cuatro siglos aproximadamente, el sincretismo musical que originó el Jazz Latino sucedió en New York. Esta cosmopolita ciudad es el centro mundial cultural más vasto del mundo, allí se originaron el Jazz moderno, o Be Bop y la Salsa actual; las cuales “contrajeron matrimonio” gracias al gran músico cubano Mario Bauzá, quien había emigrado a Estados Unidos hacia 1920. Anteriormente, y de acuerdo a los testimonios de Jerry Roll Morton, el autodenominado inventor del Jazz, a Louisana, New Orleans; habían estado llegando hacia finales del Siglo XIX, muchas embarcaciones cubanas trayendo consigo los acordes de las habaneras y danzones, creando el Spanish Tingle, muy conocido y usado en las primeras manifestaciones del Jazz y del rag time de Scott Joplin.

LOS PRIMEROS PASOS DEL JAZZ LATINO

El nacimiento del Jazz Latino fue casi un accidente según cuentan las historias de taberna narradas por los mismos músicos.

Transcurría el año 1943 y se encontraba el cubano Mario Bauzá en una presentación con la orquesta de Francisco Grillo “Machito y su Afrocubans”, en un ya desaparecido local newyorkino llamado La Conga. La agrupación terminó de interpretar un tema y mientras los músicos de la banda buscaban la partitura de la siguiente pieza, el pianista Luis Orestes Varona y el bajista Julio Andino comenzaron a tocar unas notas musicales improvisadas con la finalidad de mantener al público bailando en la pista. El resto de la percusión, al escucharlos, les siguió el compás con los respectivos chapoteos sobre los cueros. Los metales no quisieron quedarse fuera del guateque e inventaron también ciertos acordes electrizantes que emocionaron y pusieron a bailar a toda la audiencia presente.

Al día siguiente, durante el ensayo correspondiente, Bauzá solicitó a Orestes y a Julio que repitieran las notas que habían interpretado el día anterior, y a medida que la percusión se integraba, el resto de los músicos recibía instrucciones verbales sobre la interpretación a realizar, mientras tanto, Frank y Mario escribían la partitura de lo que iba sonando. Al culminar con la pieza, la orquesta había desarrollado un arreglo con ingredientes latinos y jazzísticos. Mario y Machito gritaban emocionados con lo que habían hecho. Este trabajo está considerado la primera composición del género, y es además uno de los dos himnos del Jazz Latino, el cual lleva por nombre Tanga, cuya traducción del idioma Yoruba significa marihuana.

Bauzá sugiere entonces la incorporación de músicos norteamericanos para ahondar en el experimento, es así como aparecen en escena los primeros “gringos” aplicándose a la música latina, entre ellos Eddie Bert, trombonista; Doc Cheatham, trompetista; e inclusive uno de los más grandes genios del Jazz, Charlie Parker en el Alto sax. Igualmente se incluyeron arreglistas asociados al género y dispuestos a participar en el matrimonio musical del Jazz y lo Latino. Posteriormente, se asumió el formato clásico del Big Band a lo Glenn Miller, Duke Ellington, Count Basie, Jimmy Lunceford, excepto en dos aspectos:

A. La exclusión de la batería, incluyendo en su reemplazo los timbales, las congas, el bongó, la campana y las maracas; brindando todo su sabor caribeño. En la actualidad, este instrumento es usado por muchas bandas del género sin ningún inconveniente; y

B. El “Shufle” es sustituido por la síncopa latina, la cual se rige por la clave. El “Shufle” es ritmo básico del Swing.

Otro hecho significativo dentro de la historia del Jazz Latino fue la aparición en el ambiente musical de La Gran Manzana del legendario conguero cubano Luciano “Chano” Pozo. Chano llegó a New York invitado por el cantante Miguelito Valdez hacia 1946. Después de trabajar con varias bandas latinas de poco renombre, Mario Bauzá, a quién había conocido en una de las comparsas carnestolendas de La Habana, dijo que un amigo suyo estaba por formar una nueva banda y quería un percusionista conocedor de ritmos cubanos. Ese amigo era nada más y nada menos que Dizzy Gillespie. Al llegar los cubanos a la casa de Dizzy, Bauzá le dijo a éste: “Tengo un muchacho para ti, pero no habla inglés”. “No importa” respondió: “dejémosle que toque” Y cuando lo hizo fue contratado de inmediato.

El 29 de septiembre de 1947, tras algunos conciertos en lugares pequeños, se hizo la presentación en sociedad de la nueva orquesta de Dizzy Gillespie. El escenario fue el Carnegie Hall, la famosa sala de conciertos situada en la esquina de la Séptima Avenida y la calle 57 Oeste. Chano Pozo fue el héroe de la noche con un espectacular show, en donde  combinó sus toques de percusión con bailes rápidos en los momentos en que la orquesta mantenía el ritmo cubano. Esta pieza memorable fue Cubana Be, Cubana Bop. A parte de esto, interpretó varios cantos y toques afrocubanos en el lenguaje Yoruba, en honor a los Santos de la religión Lucumí, los cuales estremecieron a toda la audiencia. Fue el reencuentro y a la vez el descubrimiento de la verdadera música africana por parte de sus pares norteamericanos, 400 años después de haber sido secuestrados de su continente natal. Las crónicas de la época señalan que los asistentes lloraban al escuchar su prohibida música durante el esclavismo norteamericano.

Dentro de las normas esclavistas de los sajones, las principales radicaron en la prohibición de los recién llegados, so pena de muerte inmediata, de expresarse en su lengua, continuar con sus costumbres, y sobre todo, cultivar su religión y su música; razón por la cual, los afroamericanos perdieron su cultura con el devenir de los años. Por parte de los españoles y portugueses las normas fueron más relajadas. Se les permitía a los esclavos, con cierta frecuencia, tocar sus ritmos, cantar sus canciones, vestirse a la usanza de sus tribus y hablar en su lengua. Es por ello que en varios lugares de  Latinoamérica sobrevivieron lenguas africanas, se desarrolló una musicalidad y un misticismo propio a partir de la profunda herencia y huella dejada por los esclavos. Aparecieron muchos sincretismos, producto del cruce de las creencias traídas allende el Atlántico, musulmanas y la cristianas, y, sobre todo hubo (todavía existe para alegría de nuestra cultura); el mestizaje entre los europeos, los negros y los indios. Yo mismo soy producto de ella.

La mezcolanza entre las razas nunca ha existido en Norteamérica. En Estados Unidos esta segregación fue (tal vez,  es) tan brutal, que cuando los amos blancos eventualmente embarazaban a las esclavas negras, trataban a sus propios hijos como esclavos. Este hecho jamás ocurrió en el imperio español o portugués, donde los mulatos, cuarterones o zambos tomaban en muchos, muchísimos casos; el lugar que les correspondía en las familias.

Volviendo al Jazz Latino, Gillespie, expresó posteriormente al concierto del Carnegie Hall: “Yo no hablo castellano, y él no habla inglés; pero los dos hablamos africano”. Este es sin duda uno de los mejores discos jamás producidos en ambos géneros, el Be Bop y el Jazz Latino; el cual atesoro en mi privada colección. Chano y Gillespie son los compositores del otro himno del Jazz Latino, Manteca; la cual ha sido versionada en una enorme cantidad de ocasiones.

Otro acontecimiento importante fue la aparición del Palladium, un local ubicado en el corazón de Manhathan, en la calle 53 y Broadway, a 200 metros del Radio City Music Hall, y a 300 del Carnegie Hall; y propiedad de Maxwell Hyman. El Palladium estaba sentenciado a la quiebra cuando llegó el administrador James Moore, quien inició la organización de las llamadas “Noches latinas”, en la sala denominada “Blen Blen Club”. Estos bailes latinos comenzaron hacia finales de 1947 con al orquesta de Machito.

A mediados de 1948, el Palladium estaba incapacitado de albergar a todo el público que deseaba entrar a rumbear; esto originó que todo el local se transformara en club latino, haciendo su aparición dos de los más grandes exponentes de la música caribeña de cualquier época: Los dos Titos: Rodríguez y Puente, quienes habían comenzado su carrera en la orquesta de José Curbelo.

Ernesto Javier Puente tenía 28 años para entonces, y había nacido en el East Harlem de New York, hijo de inmigrantes ponceños, quienes llegaron a la Gran Manzana cuando Tito tenía 4 meses de gestación. Pedro Pablo Rodríguez, también de 28 años, era oriundo de Santurce, Puerto Rico. El primero era vibrafonista y percusionista graduado en la prestigiosa Julliard School of Music of New York City; el segundo era cantante y un sorprendente bailarín, con un extraordinario sentido del ritmo al momento de cantar guarachas y boleros, teniendo a su vez conocimientos de percusión.

Al dejar ambos la banda de Curbelo, Puente organiza sus Picadilly Boys, y Rodríguez sus Mambo Devils, manteniendo esas denominaciones durante un corto tiempo, hasta que los contrataron para una batalla de orquestas en el Palladium junto a Machito. Es cuando ambos bautizan sus orquestas por sus nombres. Desde ese instante, y durante la década del 50, el centro de la producción de Jazz Latino se ubicó entre las calles 52 y 54 de Manhathan. Ambos músicos, substanciales dentro de la historia de la musicalidad latinoamericana, se nutrían del son y del montuno cubano al momento de realizar sus creaciones, pero ante la avalancha que fue el Be Bop en el desarrollo de la música en general, se adentraron en este mundillo generando, produciendo verdaderas joyas.

Tito Rodríguez por su parte tuvo en su orquesta a músicos como Aaron Sachs, Dan Petucchini, Zoot Zims, entre algunos, donde, en medio de la eufonía candente de los mambos y las moñas, soltaban sus solos en la onda del Be bop de Gillespie ó el Cool Jazz de Miles Davis y Gerry Mulligan. Ejemplo de esto es su ejemplarizante disco grabado en vivo en el Carnegie Hall donde recrea clásicos como: Mack, the Knife, Summertime, Take the “A” train; generándose desde entonces esa costumbre que aún permanece de versionar los estándares jazzísticos sobre la clave caribeña. 

EL CASO “CHICO” O’FARRIL

Otra importantísima, pero casi desconocida persona para el público en general, que ayudó a cuanto músico newyorkino interesado en “hacer” Jazz y Jazz Latino fue el cubano Arturo O’Farrill, el legendario “Chico” O’Farrill. Chico se encargó – casi clandestinamente – de dar los acordes, arreglos, texturas, ensambles, armonías, timbres y composiciones a todos los intérpretes que estaban en la onda del Jazz Latino. Desde Dizzy Gillespie, pasando por Tito Puente, Mario Bauzá, y Cal Tjader; sin caer en exageración, la totalidad de los jazzistas acudían a él. Chico les brindó consejos, enseñanzas y, sobre todo, humildad al instante de crear su ejemplarizante música.

Es enorme la cantidad de composiciones de éste cubano egresado en la Academia Musical de La Habana, que, debido a su carácter introvertido, y paradójicamente irascible; nunca obtuvo el merecido reconocimiento. En gran medida se debe a él, el honorífico sitial que ocupa esta manifestación musical dentro del mundo.

Su histórica obra, la Afro Cuban Jazz Suite es aún muy admirada y fue estrenada el 21 de diciembre de 1950, la cual sigue los patrones establecidos para las Suites y las Sinfonías clásicas dadas más de 200 años antes por el compositor Franz Joseph Haydn, combinadas espectacularmente con los ritmos afrocubanos y afronorteamericanos. En adelante, se cuentan por docenas sus creaciones. Con él, el Jazz Latino dejó de ser una simple combinación de ritmos norteamericanos y cubanos, sino que se transformó en un género independiente con propia vida.

Mayoritariamente, el aporte de Chico a la música latina es gigantesco, desde el establecimiento de las estructuras armónicas y tonales de las composiciones, la orquestación de grandes bandas y pequeños combos, pasando por la creación de un elevadísimo número de piezas todas excelentes e interpretadas por cientos de músicos, hasta la dirección de las orquestas de intérpretes de talla incalculable y el apadrinamiento de muchos artistas que buscaron en él consejo, enseñanza y ayuda. Se puede afirmar que existen (aunque ya fallecieron) cinco nigromantes del Jazz Latino: Los duetos de Machito – Bauzá  y Gillespie – Chano; Tito Puente, y detrás de ellos, factiblemente, un escondido y  verdadero genio: Arturo “Chico” O’Farril quien prefería llamar Jazz Afrocubano o Cubop al Jazz Latino.

                LOS AÑOS 50…

                Durante la década de los 50, el Jazz Latino adquirió, además de mucho renombre, diversas formas al relacionarse con otros géneros cubanos principalmente con el Mambo y el Cha Cha Chá.

El Mambo es la estupenda creación del extraordinario bajista cubano Israel “Cachao” López (La Habana, 14 de septiembre de 1918 – 22 de marzo de 2008, Miami) y desarrollada de magistral manera por Dámaso Pérez Prado. La palabra Mambo es de origen africano, de la región del Congo, y aparentemente significa “conversación con los dioses”. Este estilo musical se define por la improvisación casi absoluta (característica principal al Jazz norteamericano) sobre una estructura sincopada basada en el son montuno. Cachao, hacia 1956, reunió en los estudios del desaparecido sello disquero Panart, a lo mejor de la musicalidad cubana de entonces con el fin de tocar la música que preferían, naciendo la Descarga, donde se aglutinaron los elementos del son y la rumba, con los componentes del Be Bop, dando un total y definitivo espaldarazo a la estructuración del Jazz Latino.

El Cha Cha Chá por su parte es la genial invención del inolvidable violinista Enrique Jorrín (Candelaria, Cuba, 25 de diciembre de 1926 – La Habana, Cuba, 1987) durante el año 1951. Jorrín tomó las estructuras finales del danzón (cuando el ritmo se acelera en los últimos 8 compases) y el son montuno, aglutinándolas en un solo arreglo. Dicen que se le ocurrió viendo las dificultades que tenían los blancos para bailar el son y el danzón, diciendo que este nuevo ritmo era: “pa los cubanos que no saben rumbear”. La fiebre del Cha Cha Chá se desbordó por todo el mundo, en parte por su sencillez al bailar, arrastrando los pies un par de pasos de cada lado generando el sonido que denominó al género.

Cuando “el Ritmo Nuevo” llegó a New York, Tito Puente, con su producción de 1955 “Dance The Cha Cha Chá” compuso arreglos a canciones cubanas ya famosas, reuniendo los acordes caribeños con los del Blues y del Swing, generando una extraordinaria amalgama de Jazz y Cha Cha Chá que enloqueció al mundo.

                Durante la década del 50, el Jazz Latino tuvo su primera época de oro, con la llegada a la ciudad de los rascacielos de músicos como el cubano Mongo Santamaría, el newyorkrican Willie Bobo (William Correa), el californiano Cal Tjader (Callen Radcliffe Tjader) y los ya mencionados trabajos de Dizzy, Bauzá y Machito. Pero, al llegar los 60, explotó el Rock, y con él, cambió el mundo.

02/Noviembre/2012.

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