Opinión: La tentación islamista en Egipto

OPINIÓN.

El gran país africano, imprescindible para la estabilidad regional, se asoma al abismo del estallido de una nueva guerra civil.

Por Nelson Gustavo Specchia*

El poder es una tentación fuerte, incluso para los políticos observantes de preceptos religiosos rígidos y ascéticos. Mohammed Mursi, el presidente egipcio, ha pasado de encarnar la promesa de una transición democrática y republicana a ser la figura de la amenaza integrista.

La sociedad civil egipcia, por su parte, templada en las movilizaciones de la plaza Tahrir que acabaron con el régimen pretoriano del rais Hosni Mubarak, se niega a que aquella pueblada termine decantando en un sistema aun más cerrado que el de los militares.

La tensión entre ambos extremos puede llevar, si no se altera el rumbo, a un nuevo golpe militar.

No debe descartarse, inclusive, el estallido de una guerra civil en ese borde del Mediterráneo donde confluyen tantas aristas delicadas: la frontera con la Gaza palestina y con Israel, el caldero libanés y las costas de Siria, que ya sufre de lleno su propia guerra interna.

La corte del faraón. 

Egipto es la potencia equilibradora del África mediterránea y Oriente Medio.

Israel encontró en el reconocimiento de El Cairo la posibilidad de existencia sin la amenaza permanente de una guerra árabe; el presidente Anwar el Sadat pagó con su vida la osadía de firmar la paz con los israelíes, y Egipto fue expulsado de la Liga Árabe, pero no hubo más tambores de guerra con el Estado judío.

Esa balanza regional fue también caja de resonancia de los cambios que llegaron con el siglo 21.

La “primavera árabe” iniciada en Túnez con la caída de Zine el Abidine Ben Ali, alcanzó su punto álgido en la plaza Tahrir con el derrocamiento del general Mubarak.

Pero el optimismo con que se festejó la caída del rais fue exagerado, o un tanto ingenuo. En Egipto, la vía democrática será ardua y más compleja que la sola sustitución de un autócrata.

Como revelaron las negociaciones de transición, el poder real no sufrirá alteraciones: si acaso, una cuota del poder detentado por los militares en los últimos 60 años pasará a manos islámicas. De república laica, poco y nada.

Tras un proceso electoral enredado, que duró dos meses, los militares anunciaron la victoria de Mohammed Mursi por más de un millón de votos.

La insistencia en la limpieza de las elecciones y en la legitimidad de las autoridades transitorias puso en evidencia lo contrario: tal como sospechaba la oposición republicana, los islamistas habían llegado a un acuerdo con los generales.

El plan original del verdadero faraón egipcio, el mariscal Hussein Tantawi, era imponer un candidato de continuidad, el general Ahmed Shafik, un piloto de cazas, exjefe de la Fuerza Aérea, y el último primer ministro de Mubarak. Uno de la familia, digamos.

Cuando la avalancha de votos lo hizo imposible, negoció la transición. Las monedas del comercio fueron que el presupuesto militar y las prerrogativas de clase no se tocarían en absoluto.

Promesas de utilería. 

Mursi les dijo que sí a todo. Lo importante, en ese primer momento, para los islamistas, era que Tantawi y la corte del faraón les entregaran el mando; la imposición de Shafik a sangre y fuego estaba a la vuelta de la esquina.

Mirando hacia Tahrir, el dirigente pidió una oportunidad: los Hermanos Musulmanes acarrean una historia de proscripciones y marginación y era justo –argumentaba Mursi– que tuvieran su momento de oportunidad ahora que las urnas habían señalado su clara mayoría.

Pero ni bien tuvo las llaves del palacio cairota, la élite islamista pegó un zarpazo sobre la débil institucionalidad.

El escenario temido por los partidos laicos se dibuja con mayor precisión día a día: la mayoría parlamentaria de los Hermanos Musulmanes avanza con una agenda religiosa; Mohammed Mursi se asignó, por decreto, poderes discrecionales y acometió una reforma constitucional que supone un viraje de la República Árabe de Egipto hacia un régimen confesional.

La Asamblea Constituyente controlada por los islamistas (los representantes cristianos y liberales laicos abandonaron las deliberaciones) votó los 234 artículos de la nueva Constitución y los aprobó por unanimidad.

La nueva Carta Magna incorpora la sharia , la ley religiosa, como “principal fuente de la ley” (artículo segundo); mantiene la subordinación histórica de la mujer; y recorta libertades civiles, como la de expresión y de prensa.

Eso sí: mantiene el presupuesto separado y los derechos especiales del estamento castrense; la única promesa de Mursi que no ha sido puro teatro.

Preguntas populares. 

La resistencia de los sectores laicos, en todo caso, ha empujado a la nueva clase política a someter el proyecto constitucional a referendo, cuya primera instancia se votará hoy (completándose con una segunda ronda el sábado próximo).

La votación ha marcado la división del país en dos partes, con movilizaciones de partidarios y detractores durante las últimas tres semanas.

Los musulmanes salafistas (rigoristas) y los imanes de las numerosas mezquitas de El Cairo y Alejandría, instan desde el púlpito a la votación a favor.

Mohammed el Baradei –el científico exdirector de la oficina internacional de energía atómica y premio Nobel– y los partidos republicanos advierten que la tensión entre ambas mitades podría ser el prólogo de una guerra civil, que queda servida en bandeja.

*Politólogo, profesor de Política Internacional (UCC y UTN Córdoba) Twitter: @nspecchia

16/Diciembre/2012.

FUENTE: LA OPINIÓN / http://www.lavoz.com.ar 

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