Opinión: El museo del horror

OPINIÓN.

Por José Calvente* – Testigo de la guerra en Malí. 

Desde el otro lado del teléfono una mujer tímida cuenta cómo ha cambiado la vida en Gao tras la salida de los islamistas de la ciudad, mientras resuena en la habitación el llamamiento a la oración de una mezquita de Bamako. Acosados por la aviación francesa, los yihadistas se han refugiado fuera de las grandes ciudades que controlaban desde marzo. Intentan llevar al ejército francés a una guerra menos previsible, jugar con su conocimiento del desierto y utilizar a la población como escudos humanos si es preciso cuando se instalan en ciudades tras incursiones sorpresa como hicieron esta semana en las ciudades de Konna y Diabali, esta última aún en poder de las tropas yihadistas.

Con la voz débil como un fiel reflejo del sufrimiento de estos últimos meses, relata cómo las mujeres fueron obligadas a cubrirse completamente para no ser fustigadas ni castigadas corporalmente en la ciudad. “No sabías quien podía denunciarte, a veces, los vecinos llamaban a las patrullas islamistas y denunciaban a tu marido o a tu hermano solo por envidia o enemistades personales”. Los islamistas reinaron sobre la base del terror. En los cuarteles de la policía de las tres ciudades principales de las regiones ocupadas, se podía asistir a una exposición particular y diabólica. Los mismos que han destruido gran parte del patrimonio que llevó a la UNESCO a declarar Tombuctú ciudad Patrimonio de la Humanidad, exhibían en urnas de cristal los miembros amputados a las víctimas en la aplicación de una sharia inmisericorde.

A través de la larga silueta que dejan sus palabras por medio del auricular, como susurros dolientes destilándose como piezas  finas y delicadas, casi a punto de romperse, me pierdo en el paseo imaginario por ese nuevo museo del horror de la humanidad entre manos y pies amputados. La sucesión de ejecuciones públicas recuerdan los episodios más negros de la Inquisición española hace varios siglos. Las mujeres adulteras o que mantenían relaciones sin estar casadas han sido lapidadas antes los ojos de todos los habitantes de la ciudad, relata la mujer. “La patrulla islamista pasaba por la calle y nos anunciaba la hora de la ejecución en la plaza del mercado. No era posible no asistir, eso hubiese significado tener muchos problemas”. “Imagínate lo que era esto. Me dijeron que a una mujer no la dejaron tener a su hijo en el hospital porque el velo no le cubría del todo la cabeza. Esta gente es despiadada, esto no es el Islam. Llevaba un velo blanco y llegó en carreta al hospital para dar a luz. Había roto aguas y se fue al hospital. Los islamistas le dijeron que fuera a casa a ponerse un pañuelo negro que le cubriese completamente la cabeza. La mujer lloraba suplicando, impotente intentando que se apiadasen de ella. No paraba de repetirles que vivía a dos kilómetros de distancia, pero no les importo lo mas mínimo”.

Cada gran ciudad de estas tres regiones estaba controlada por una facción diferente de este ejército del  horror: AQMI, Ansar Dine o Mujao, tras ir barriendo a los precursores de la revuelta, los tuaregs del Frente Nacional de Liberación de la Azawad (MNLA), mostraban matices en la barbarie y aplicaban la sharia con algunas diferencias. Los castigos corporales se empezaron a producir desde el principio de la ocupación, pero se convirtieron en una poderosa arma para controlar a la población a partir del verano pasado. La primera amputación en Tombuctú tuvo lugar el 16 de septiembre. Todavía recuerdo el caso de Hamaradane, un cocinero en paro que fue condenado a cien latigazos junto a su prometida por tener un hijo fuera del matrimonio. Ansar Dine (“Los defensores de la fe”) que controla la región de Tombuctú convocó en la plaza pública a todos los vecinos para aplicar el castigo.

Desde hace algunos días, las mujeres abandonan el velo y las ropas amplias y vuelven a salir a la calle con más tranquilidad. Los islamistas radicales están demasiado preocupados ahora con la ofensiva francesa como para poder impartir justicia. Ya tendrán tiempo después de la guerra, si es que todavía siguen ahí.

La persona al teléfono se llama Marietou y nos cuenta que desde hace tres días sale con sus familiares a la calle, pero aún no es capaz de hacerlo sola. Tras la huida de los yihadistas de la ciudad, estuvo tres días sin salir de casa asustada. Sin embargo,  el miedo deja una huella indeleble y se pasea por las calles como una sombra enorme. Marietou prefiere estar acompañada por alguno de sus hijos cuando tiene que ir a comprar al mercado.

La vida retoma el pulso poco a poco con el nervio que ofrece no tener tiempo que perder. El intervalo que deja la salida de las tropas yihadistas del núcleo urbano y la próxima ofensiva francesa que ya se siente en forma de bombardeos, es aprovechado por la población para retomar dentro de lo posible algunas actividades. Los mercados siguen casi vacíos pero la actividad económica, reducida a la labor en el campo durante el control de los grupos yihadistas, comienza a retomar un pulso débil e inconstante. Sin embargo, la previsibilidad de una larga guerra no invita a arriesgar demasiado.  Ciudades cercanas a la línea de frente como Mopti, a apenas setenta kilómetros de Konna, sufren la aterradora visión de los mercados vacíos y las calles desiertas en la tensa calma que deja la batalla de Konna recuperada completamente en el día de ayer por las tropas francesas.

Mujeres como fantasmas negros

Bajo pena de ser azotadas, mutiladas o llevadas a prisión, las mujeres de las regiones del norte no podían ni siquiera llevar velos de color claro y fueron reducidas al negro. El negro como símbolo del oscurantismo, del pasado y del miedo. Las mujeres más allá de los castigos corporales, fueron también condenadas al silencio, a pasar como fantasmas por las calles, levantando los pies al caminar para no hacer ruido. Los fantasmas negros están comenzando a dejar atrás la pesadilla que vivieron durante estos meses cuando las patrullas islamistas aparecían en el hospital o en el mercado para obligarlas a taparse completamente o se difundían mensajes de radio prohibiendo a las mujeres salir a la calle a partir de las once de la noche. Los yihadistas con el kalashnikov al hombro patrullaban las calles y golpeaban salvajemente a las mujeres en caso de incumplimiento  como un sereno enfurecido.

El terror fundamentalista llevó a anunciar el pasado mes de septiembre que a todas las mujeres que incumplieran las normas se les cortarían las orejas, ávidos de cargar de simbolismo macabro todas sus acciones. Además, se empezaron a crear prisiones especiales para mujeres en esta oda al absurdo diabólico. Ansar Dine anunciaba orgulloso a la mañana siguiente de dar los cien latigazos a la pareja del cocinero Hamaradane y su novia, que estos habían contraído matrimonio.

 *José es Licenciado en periodismo y ciencias políticas, trabaja en la actualidad para Oxfam en Mali dirigiendo el departamento de desarrollo. Además estuvo en La Haya y Nueva York colaborando con la Coalición por la Corte Penal Internacional y la Fundación del Colegio de Europa en Bruselas.

 20 de Enero de 2013 – 09:35 hrs.

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