Malí: La guerra y el fútbol

TESTIMONIO.

Por José Calvente* // Testigo de la guerra en Malí.

Este domingo se celebra el primer partido de la Copa de África de naciones 2013 para la selección de Mali. Las águilas abren el grupo B del torneo que se celebra en Suráfrica hasta el día 10 de febrero contra la selección de Níger, su vecino oriental. Mali siempre aparece con el cartel de favorito, pero en el fútbol como en la vida, la suerte le da esquinazo y nunca ha conseguido hacerse con el trofeo. Por el contrario, Níger tiene un papel claro y se presenta  como  una de las cenicientas del torneo.

El partido me ofrece ese interés de los recuerdos afectivos  porque estuve viviendo en Níger.  Todavía permanece fresco en algún rincón de la memoria el ambiente del estadio Seyni Kountché de Niamey en el encuentro de vuelta de la eliminatoria directa de clasificación para este torneo que empieza ahora. Por 500 francos cefas (80 céntimos de euro) asistimos a un espectáculo magnifico en el que el hercúleo Chicoto Mohamed (un Sansón africano muy al estilo Pujol) condujo a su selección a la segunda CAN de su historia, ante el clamor de la grada entregada pese a los 45 grados que se registraron esa tarde en Niamey. En África el fútbol es un espectáculo colosal y mágico. Y, por supuesto, se utilizan armas extradeportivas, como el calor saheliano o los amuletos que paran o meten goles realizados por hechiceros y colocados en las porterías. Incluso algún partido se ha llegado a impugnar al encontrarse amuletos colgados en las redes del marco rival. Todo vale para asegurarse un buen resultado.

Recuerdo que para la CAN 2012, se pedía a la gente que enviara mensajes telefónicos para poder pagar los gastos de desplazamiento y hotel de la selección de Níger. El fútbol despierta pasiones primitivas, lejanas de lo racional y la gente se volcó para apoyar a su selección nacional recaudando miles de euros en uno de los países más pobres del mundo.

Bamako despierta, en la jornada del partido, jovial y despreocupada y se oyen los tambores de una fiesta en el barrio. La gente mantiene la rutina diaria y acoge el evento deportivo olvidando por un rato la guerra que se desarrolla contra los yihadistas. Los malienses están bastante seguros de la victoria. También de que hoy ganarán el partido. El frente hoy amanece adormilado, falto de novedades en esta guerra sin demasiadas imágenes ni información, en la que Francia prefiere mantener un velo sobre el campo de batalla para minimizar los riesgos de la información en tiempos de guerra. Parece que los primeros momentos de fatiga aparecen y el frente se toma un respiro.

Como en 1914 durante la Primera Guerra Mundial, cuando se fue ralentizando el fulgor inicial de la batalla, los ejércitos decretaron una tregua navideña e incluso jugaron un partido de futbol. Arthur Conan Doyle se refirió a este encuentro como “un espectáculo asombroso, un episodio humano en mitad de las atrocidades”. Tal vez el futbol sea más importante de lo que a veces nos imaginamos. El futbol tiene un halo mágico capaz de imponerse a cualquier realidad por obstinada que esta sea. Puede que hoy en el frente, todos estuviesen pendientes del inicio de la participación del equipo de Mali.

Camino por el barrio desafiando los sabios consejos de familia, embajada y sentido común, pero me resisto a creer que bunkerizarse suponga una buena medida de seguridad. La guerra parece estar reforzando el espíritu de barrio y acentúa los lazos entre vecinos, sabedores de que están viviendo momentos cruciales y definitivos en sus vidas. Al intercambio típico de Salam Aleikun- Aleikum Salam (la paz sea contigo), la gente desea añadir algo mas y muestra ganas de hablar contigo, en una especie de agradecimiento que se mantiene después de la intervención francesa. Parece que la guerra hubiese conseguido derribar algunos de los muros culturales y relacionales que separan a los blancos de la población local en África. Si te dejas, el maliense te seducirá rápidamente con su amabilidad y generosidad.

Frente a un tenderete de paja, Mahamadou Diakite me alza un vaso de té. Por supuesto, la caja indica que el producto es de fabricación china, pero reunirse a tomar el té es una costumbre muy de típica en el Sahel donde la gente gusta de tomar el té entre amigos. Este acto supone una cita de encuentro diario para familiares y amigos. Como signo de hospitalidad, Mahamadou me ofrece el té alzando el brazo en la distancia y me acerco. Disfruto con él relajado entre las risas de las conversaciones banales y amables. El señor cimbreándose al caminar y alargado como una figura daliniana me sonríe desdentado. Charlamos sobre la placidez del domingo, el calor que hace a pesar de que estemos en la época invernal y, por supuesto, de fútbol.  Me enseña su carnet de identidad, un pliego de cartulina marrón oscura con una foto en blanco y negro, como la prueba definitiva de su amistad.

A lo lejos, los niños juegan al fútbol frente a la sede del Alto Consejo Islámico. Durante el trayecto aprecio el trabajo de los carpinteros, trabajando en locales callejeros protegidos por una simple chapa. Exponen su muestrario como un hogar al aire libre. Armarios, mesas, sofás, sillas de comedor  o camas dibujan la imagen de la calle como la planta de un Ikea al aire libre. Algún coche se detiene para negociar el precio de algún artículo y si lo adquiere lo sube encima del techo del coche y se lo lleva a casa tras atarlo con una cuerda. En una esquina, una tienda de ropa ofrece sus camisas de caballero sobre perchas colgadas de las ramas de un árbol, ofreciendo una imagen que parece salir de un cuadro del pintor belga Magritte.

En este barrio administrativo de nueva construcción llamado ACI 2000 en el que vivo, los edificios de organismos y empresas multinacionales comparten el espacio con lugares poblados por gente humilde como pequeños huertos en el que las mujeres continúan labrando hoy domingo, casas provisionales, familias que viven en las enormes casas a medio construir, chozas de paja. Los coches ralentizan el paso en el terreno sin asfaltar que los niños, algunos descalzos, utilizan como terreno de juego. Se ven muchas camisetas del Barca y los chiquillos con un balón pinchado se pasan la pelota soñando convertirse en las águilas malienses que esta noche inician el camino para proclamarse campeonas de África por primera vez.

Frente a una pequeña pantalla de catorce pulgadas la gente se agolpa ante las tiendas y pequeños restaurantes que sacan la televisión a la calle para que todos puedan seguir el partido. Seidou Keita, el antiguo jugador del Barcelona e ídolo del país hace el tanto de la victoria a cinco minutos del final, dando inicio al júbilo y la exaltación. Cualquier superficie se convierte entonces en un elemento de percusión y los niños ajenos al peligro de los coches corren desordenadamente por la calle. Tal vez, en los dos bandos del frente, el júbilo haya sido parecido y los combatientes hayan disfrutado de un buen partido, tranquilos como si nada de esto estuviese realmente pasando.

 22/Enero/2013. -19:45Hrs.

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