TESTIMONIO DE GUERRA: El camello siempre fue el mejor compañero en el desierto

TESTIMONIO.

Origenes, desarrollo y futuro de una guerra.

Por José Calvente / Bamako

La intervención francesa ha conseguido en tiempo record y sin necesidad de batirse en el cuerpo a cuerpo por la retirada yihadista, conquistar el territorio extirpado al control de Bamako desde la rebelión tuareg iniciada en enero de 2012. Los tuaregs recibieron pronto con agrado la presencia de las facciones yihadistas en la lucha por la liberación de la Azawad, colaborando y dividiéndose el control de las tres regiones del norte de Mali. Sin embargo, la avaricia de las milicias yihadistas hizo perder al MNLA el control de las zonas ocupadas, principalmente Gao que estuvo bajo su control hasta diciembre pasado, cuando Mujao los expulsó de la ciudad. Este hecho y la entrada en acción del ejército francés han motivado el cambio de estrategia de los hombres de azul, que han buscado un acercamiento con las autoridades francesas.

Cuando toda esta crisis saltó al escenario mediático con el avance hacia el sur de las tropas yihadistas que fue detenido por la rápida intervención francesa, ya era algo tarde para enterarse de ciertos detalles de la que parecía iba a ser otra guerra sin luz ni taquígrafos en África. Una guerra que ha provocado en apenas un mes la liberación de todo el territorio ocupado, pero que aún parece estar lejos de resolverse.

En la costura entre Malí y sus vecinos se libra una de esas guerras que aparece fugazmente en los telediarios fácilmente sepultadas bajo las miles de horas de estéril debate político y corrupción galopante. La crisis de Malí es una guerra con imágenes de guerra, con muertos de guerra y con desplazados por la guerra. Pero también es una enorme debacle del Estado a la africana junto a otra crisis alimentaria en el Sahel que deja imágenes de hambre y niños de viento. Imágenes reales. Salgan o no por la tele.

Y, sin embargo, la guerra de Malí empezó dos años antes mucho más al Este, en otro de los amables estados cercanos. La guerra de Malí se gestó en Libia. Antes de que las tres regiones fueran arrancadas al control de Bamako, vimos en la tele el cruel asesinato de Gadafi sacado de la ratonera en la que se escondía. De eso sí te acuerdas, lo viste por la tele. Lo real aparece sólo por la tele.

Entonces Ag Najim, tuareg cincuentón que había llegado a coronel en la legión verde de Gadafi, donde servía desde los años ochenta, decidió que era momento de escapar (regresar) a Malí. En marzo de 2011, el MNLA, Movimiento Nacional de Liberación de la Azawad  –patria mítica de los tuaregs construida sobre rutas de paso como si la frontera no fuera más que una carretera de arena -, no existe todavía y el último gran levantamiento de los hombres de azul data de 2006. Desde entonces apenas se ha oído hablar de los tuaregs. Apenas sabemos nada de ellos, no salen demasiado por la tele.

Los hombres de añil fluían silenciosos por las porosas fronteras del Sahel y permanecían vigilantes al floreciente contrabando en la zona. En el silencio del desierto yace como testigo la carcasa de un Boeing 737  en Tarkint cerca de la ciudad de Gao que, abrigado por la densa cortina de arena que impide la detección en los radares, llegó de Venezuela cargado de cocaína hace tres años. No en vano todo un barrio en la ciudad de Gao es conocida como Cocaine City por ser la zona en la que viven todos los traficantes de droga. Esa zona aparece hoy arrasada, las mansiones de lujo han sido desvalijadas y los dueños en su mayoría árabes han huido por temor a las represalias.

Pero la Azawad es la lucha por dominar una tierra dividida por los blancos a finales del s.XIX y sometida tras la independencia de las colonias a la dirección de etnias de piel más oscura, otrora esclavas con las que los árabes comerciaron iniciando en el siglo VIII el comercio de esclavos africanos, mucho antes de que estos fueran llevados a América. Ahí se forjan las leyendas del oro y la sal en Tombuctú y las rutas de esclavos.

En febrero de 2011 la OTAN y la ONU, siempre graciosamente selectivas en sus intervenciones, toman partido para derrocar al díscolo amigo Gadafi que se paseaba poco tiempo antes con su haima y su guardia de vírgenes por los palacios presidenciales europeos. Nos hacía gracia este Gadafi, después de todo inventó el secuestro de aviones. El petróleo parecía conseguir amigos fieles. Pero el control de los recursos naturales libios decide la intervención europea. Y Gadafi cae.

Ag Najim, de piel curtida y cimbreándose al caminar con el aire vaporoso de las telas de color añil, dirige esta nueva aventura de los hombres azules. Najim  supo, con la nueva traición de los amigos europeos, que el viento del desierto había cambiado. En el desierto todos saben que cuando el viento cambia hay que largarse rápidamente para que la tormenta no te lleve por delante. Nada es fijo, todo se modifica y cambia en este laberinto de arena. Con un desarrollado instinto para la supervivencia sabe que la solución viene de Malí. Ag Najim realiza entonces una ordenada repatriación de los tuaregs al servicio de Libia. Sabe que es necesario llegar a Malí con el máximo de hombres, el mínimo de ruido y todas las armas que quepan en las pick-ups. No encuentran ningún obstáculo para cruzar el norte de Níger rumbo a Malí. Los costosos satélites americanos no permiten detenerlos. El camello siempre fue el mejor compañero en el desierto.

Los tuaregs creen entonces que es el momento preciso para crear el MNLA y volver a retomar unas reivindicaciones que no solo afectan a Mali y que son recurrentes desde la independencia de las antiguas colonias. Tan sólo 2.500 hombres consiguen en dos meses hacerse con dos tercios del territorio maliense y hacen retroceder al ejército. La reacción popular de un país descolocado provoca las primeras manifestaciones ante la Presidencia en Bamako de las  madres y esposas de los soldados que recriminan al gobierno la falta de medios del ejército cuyos miembros caen como muñecos frente al sofisticado armamento de los rebeldes. Parece mentira, pero ni para armas hay dinero en Malí.

En abril las banderas negras de los salafistas llegan a Tombuctú. Ansar Dine y AQMI no tardan en unirse a la fiesta, imponiendo el pasado como regulador del presente. Curiosos compañeros de viaje. Ahora el MNLA tras ver la arena del desierto escaparse entre los dedos se desmarca, gracias a los apoyos de Paris, de la rebelión que ellos mismos comenzaron. Incluso se permitió el órdago de prohibir la entrada de las tropas malienses en Kidal. La legitimidad histórica de los tuaregs se enfrenta a los excesos de la guerra, violaciones y pillajes incluidos y a su posible descabezamiento por las órdenes de arresto que pesan sobre sus líderes. Ser imprescindible que la reconciliación nacional incluya a los tuaregs. Pero no es menos cierto, que la justicia debe ser un pilar esencial de esta reconstrucción del estado maliense, con el horizonte de las próximas elecciones previstas en julio de 2013. La limpieza del Estado, los excesos de una guerra silenciada en lo posible por una cortina de censura informativa impuesta por Francia y la reconstrucción de un estado cerrado por derribo, en el que un gobierno golpista y un coronel aficionado a los coups d’etat siguen gestionando asuntos capitales como la reforma del ejercito maliense.

Si vives en Mali alguien te contará tarde o temprano que conoce a alguien cuya mujer fue violada, te relatará episodios de pillaje y robo por los integrantes del MNLA, de Mujao, del ejercito maliense autor de numerosos casos de violación del derecho internacional de la guerra o cómo en las regiones del norte, el ejército maliense respetaba a los narcotraficantes que a menudo pagaban algunas facturas. A veces, las lealtades son interesadas y no obedecen ni a banderas ni a territorios. Incluso, alguien te contará tarde o temprano que fueron los yihadistas los que contribuyeron al freno de este desconcierto de pillaje, violaciones y robos ofreciendo números de teléfono gratuitos para que la población que sufría ataques pudiese llamar y denunciarlos. Desgraciadamente, las cosas a menudo son más complicadas de lo que parecen y los buenos no son tan buenos.

En los momentos finales de la reconquista aparecen asuntos peliagudos. La reconciliación será una de las aristas sobre la que se verterán ríos de tinta y se dilapidarán millones de euros en ayudas. Una reconciliación que, evidentemente, se antoja muy necesaria. Pero la justicia corre el riesgo de volver a quedar aparcada, como un pariente pobre. Y, a veces, solo a veces, lo mejor no es meter a los muertos en el armario.

Antes de conseguir la reunificación territorial del país, los franceses parecen haber establecido una hoja de ruta que choca con los deseos de la población maliense, muy contraria a la negociación con el MNLA. Se imponen de nuevo esquemas neocoloniales que ya estaban tardando mucho en aparecer. Parece evidente que la reconstrucción del estado maliense debe pasar por varias etapas complejas entre las que se haya la reconciliación con los tuaregs. Es inevitable y ellos lo saben.  Pero, al mismo tiempo, no van a tolerar que se produzca antes de la reconquista de todo el territorio, cuando aún quedan pueblos y aldeas que se están ‘limpiando’ actualmente, no antes de realizar las elecciones que enjuaguen la etapa de gobierno golpista aún al mando y no antes de establecer una mínima justicia que resarza a las víctimas de este conflicto.

Deberíamos entender que, si bien el diálogo es necesario, la gente de la calle, necesita airear las vergüenzas de todo este tiempo y ver restablecidos la justicia y un estado que debe volver poco a poco a las zonas abandonadas del norte, pidiendo también perdón puerta por puerta a la población por el abandono. Parece que los tiempos no son los mismos y que las prioridades son diferentes para Francia y para la población de Mali. También la Asamblea nacional maliense rechazó toda negociación con el MNLA. Pero eso poco importa. La feliz luna de miel puede estar llegando a su fin. Suele pasar en todos los matrimonios.

 19/Febrero/2013. 

 

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