TESTIMONIO DE GUERRA: Impresiones desde Bamako

TESTIMONIO.

Por José Calvente.

La tormenta. 

La tormenta aparece como un pariente incómodo. La poussière, es el tiempo. El cielo deja de ser un espacio creíble y sólo nos promete viento y castigo. De repente sobre tu cabeza, la inmensidad es naranja,  como un mundo de tang, como la bola de fuego más diabólica jamás imaginada por los dioses, colorida como la pesadilla de un daltónico. Y el cielo se quiebra en mil pedazos con rayos que rompen el naranja como las líneas que fragmentan un espejo. El mundo entonces no es más que una sucesión de imágenes: iluminaciones incandescentes, gente escondida bajo el turbante, mendigos protegidos tras cartones en la calle, plegarias sordas flotando en el ambiente, coches circulando bajo una densa niebla de arena y la tierra huele como un cesto de escombros.

Todo ocurre rápido, ni siquiera es necesario correr a resguardarse. La lluvia frota rabiosa la tierra acumulada sobre el pavimento y el viento sacude los árboles como una madre furiosa. Se abre el cielo como la compuerta de una presa vertiendo el agua sin miramientos, tal vez ávido él también de salir de aquí. El río, que se había quedado en los surcos, vuelve a tomar vida tras meses de olvido como el frágil recuerdo de una felicidad imposible. Y animados, los campos empiezan  a responder al espectáculo con vapor de  agua que se eleva como hilos lechosos convirtiendo los momentos posteriores a la lluvia en el verdadero caldero del infierno.

Después la tarde se relaja plácida, dejándose llevar tras el esfuerzo como una parturienta. La gente retoma la calle. Resurgen carros empujados por niños y  saltan como a un decorado los pequeños puestos de comida y tabaco y de nuevo los bultos se acomodan en la cabeza ajenos a cualquier ley gravitatoria.  Recuperamos apenas la sensación de estar aquí y vuelve fiel la lucha contra lo inevitable, aplazada por la tormenta. Y sin embargo, en ese lapso en el que todos estamos fantaseando, los niños respiran el aire limpio, refrescante y se imaginan jugando en los parques, pasarse un balón nuevo o tomar helado junto a sus madres tranquilas y felices. Sólo durante estos minutos navegarán por ilusiones tan comunes a otros niños nacidos en otros mundos. Pero ya nada es importante. Han llegado las primeras lluvias y hay que celebrarlo. Cosechas vendrán así que rebajen la euforia del hambre. Incha Allah. Pero no olvidemos que la muerte es todavía una dama esperada por estas tierras. Y nunca falta a su cita.

Morir o matar

Fieles a la mañana se sitúan en el trayecto al trabajo como discretos personajes de este desconsuelo.  Cerca de casa, junto a las obras de un nuevo edificio que desafía la frontera de las dos plantas, las  mujeres con sus niños a la espalda atadas a la sempiterna montura, preparan meticulosas el escenario desenterrando el amanecer más claro. Frente a  montañas de basura, los niños corretean desnudos gozando del caos mientras las calderas humean desde muy temprano, como lamentos encendidos. Las mujeres utilizan morteros enormes para machacar la yuca y la mandioca y obtienen una masa pegajosa para el plato de resistencia del día. Y eso aquí sabe mejor que un menú de El bulli. 

Los niños, retoños de carne talada, ajenos al castigo corren por la tierra buscando trozos de plástico, mangueras rotas, botellas vacías con las que jugar (verbo aún público) esa mañana. Tienen suerte, vivir cerca del vertedero les permite elegir entre toda una serie de posibilidades: botellas, cristales, hierros de múltiples formas, ruedas de todos los tamaños. Estos niños flacos y panzones convierten una rueda rota en el bólido más rápido de la tierra con la ayuda de una pequeña rama. Gira y gira el invento como la rueda eterna. Y nada cambia. 

Nada, ninguna acción, ningún pensamiento te rescata. Los días se suceden con la facilidad de lo absurdo. Y sólo intuyes que, cerca del desierto, morir o matar es una ley que se cumple a rajatabla. Paro el motor y me quedo a cierta distancia. Culpable y ajeno, todo es ahora polvo sin mundo, un absurdo completo. Asesino todavía, las preguntas se amortiguan a este lado del cristal del coche. Nada tiene sentido, mucho menos estas líneas. Los ojos de la mujer con el mortero en  la mano me miran ahora, sorprendida y molesta por abrir así la puerta de aire de su hogar, ojos que caen entonces como guillotinas ansiando el cuello mientras sus párpados hunden los ojos resignados. Cada bajada del telón es mucho más que un suspiro, un quejido quedo que revuelve las tripas. Notas que todo hace crack y sientes que todos deberían dejar de quejarse. Y entonces sólo quieres gritar callaos de una puta vez. Me quedo sentado en el fondo del coche y la mirada desaparece demasiado ocupada para ser verso de esta mierda que escribo. Un techado de troncos y palma que rechaza el calor en la casa de las puertas abiertas, de un mundo del que no queremos hablar, ofrece algo de respiro. Para qué. En realidad no existen, al otro lado de los aviones de tiempo, de la vorágine de cifras. Bocas llenas de bocas. 

El niño y su burro.

 A todos los que han sido y son niños yunteros.

Masculinamente serio, me mira sin tiempo para el llanto. Un niño, camiseta raída y grande, pantalón corto, cara sucia y con sueño. Sobre un carro tirado por un burro, el paso tranquilo sobre el firme impreciso. El futuro incierto, cebolla y hambre.

Carne de cementerio, bruñido antes de que el sol asome, esta tierra reseca no está dispuesta a liberarle de unas raíces que buscan en lo profundo del tiempo el agua que no da frutos. El verde asoma con octubre ante el umbral de la aldea y el niño, desde bien temprano con su burro, despierto ya de ser niño. Niño nacido como una herramienta barata, cincelada a golpes. Niño que con su carro y su burro lleva y trae, en el camino de paso al sepulcro, leña, bidones y en el verde octubre, hierba y sacos de mijo. No sabe nada, ni siquiera contar sus años y ya sabe que ha nacido para pagar eternamente como tantas otras bocas enterradas. Con su corona de sal, el sudor le recuerda como una cinta reluciente sobre la piel negra de la frente, que el burro es su único compañero, atados los dos a este carro de madera.

Carne de yugo, las manos perseguidas por el hambre insatisfecha. Empieza a vivir y empieza a sentir que sus ojos se van oscureciendo con el color de la tierra. Trabaja, niño trabaja. La niñez, lujo que no está a tu alcance. Trabaja, niño trabaja. Por fuera las manos ya encallecidas, los brazos modelados como máquinas perfectas buscan las riendas de su burro. La tierra, como un prestamista, pide bajo los pies peleando por el mendrugo. El niño y su burro corren por el puente, saliendo de Bamako con la fortuna del día en los bolsillos y el hambre acumulada en los costados, cinturón ceñido, prueba de una condena a vida.

Trabaja niño, trabaja. Empieza a vivir y empieza a morir de parte a parte con todo tu cuerpo liviano. Empieza a vivir y ya siente la vida como una guerra, junto a su burro toldo transita los caminos que no son más que la preparación para regresar a la tierra, cumpliendo punto a punto el itinerario marcado. Regresa niño, regresa a tu dueña marrón y polvorienta, verde cuando aparece octubre en el umbral de las puertas. Contar sus años no sabe, pero ya conoce lo que pide esta tierra, golpes y pan reñido. Cada día más raíz y menos niño, rehén que escucha desde la cuna la voz de la sepultura. Para que la tierra inunde por fin entonces de panes su vientre.

21/Febrero/2013. -22:15hrs.

 

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