GIULIANA IPPOLITI: “Que la Guerra no me sea Indiferente”

OPINIÓN.

Desde Malí, pasando por Palestina, hasta la Afganistán de 1984, historias de guerra que trascendieron la indiferencia de la historia de la humanidad. 

Por Giuliana Ippoliti Bandes / giulianaippoliti@gmail.com / @lagius

Se escucha el sonido de una multitud. Sus pies cansados levantan el polvo que adorna los cielos, llanto. Murmuro ahogado entre el llanto y el dolor. Los versos de un idioma que no puedo entender han roto el silencio para siempre. Dolor. La mirada del hombre a la derecha divaga en millones de preguntas sin respuestas, Dios. Un poco más atrás, la rabia de otro hombre se desborda con franqueza. Muerte. Los cuerpos sin vida de dos niños que intentan hacer creer que están dormidos yacen en los brazos de la guerra. Les han vestido con una sabana blanca que contrasta sigilosamente con el gris anochecer. Adiós.

  

Suhaib Hijazi (2) y su hermano mayor, Muhammad (4), son llevados por sus tíos a la mezquita donde se realizará su funeral en la ciudad de Gaza. Los niños murieron cuando su casa fue destruida por un ataque aéreo israelí el 19 de noviembre del 2012. El sueco Paul Hansen –Premio WordPress de fotografía- capturó el momento.

Las imágenes del inmenso desierto de Malí se ven en la pantalla de mi televisor. Cuatro hombres, “soldados de Dios”, se mueven con la cautela de un animal en caza. Sus rostros están cubiertos por una tela que hace de sombrero para protegerles, de la arena desértica, de extrañas miradas. Sus manos visten armas pesadas, sus pies solo llevan sandalias, sandalias que parecen jugar entre espejismos de la brisa africana. Meses atrás, una pareja fue condenada por Sharia. Los tuaregs, islamistas ligados a Al Qaeda, les ejecutaron por motivos “morales”. La lapidación fue su condena.

Youtube aloja una escena de heroísmo en la guerra Siria. Un joven se arriesga para rescatar a una mujer que fue alcanzada por francotiradores. Él arrastra su vida por las calles llenas de escombros de Alepo, avanza hacía el cuerpo inmóvil de la mujer con determinación, para atar una soga a sus pies y así poder tirar de ella hasta un lugar seguro, lo logra. Más tarde, la mujer moriría en el fracaso de un pueblo condenado al conflicto. 

Aquella mirada, nunca olvidaré aquella mirada. Mi edad no era la adecuada para comprender lo que decía su timidez, su verde infinito, su ámbar profundo, sus ráfagas de realidad. Corría el año 84 cuando el fotógrafo de guerra Steve McCurry visitó un campo de refugiados en Pakistán, y ahí estaba ella, la niña de mirada impactante, la Niña Afgana. Su historia no es muy diferente a la de millones. En su tierra natal, Afganistán, el caos reinó con gentilicio soviético. Su vida, sus ojos, nunca más volvieron a ser los mismos.

Solemos silenciar las atrocidades de las guerras en la indiferencia. Las historias de los noticieros son demasiado ajenas a la nuestra, demasiado herméticas. Ante el mal, reaccionamos tarde, o no reaccionamos. Somos cómplices, por el olvido, por lo no dicho. Solo unas pocas historias, como las que hoy les he contado, se han colado en nuestros hogares, pero se han ido, ya no están, fueron, alguna vez fueron algo que pasó en alguna parte, en algún momento, a algún rostro de matices indefinidos. 

La cantora argentina Mercedes Sosa dijo entre versos, “Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”.

Por favor, no se permita usted vivir en indiferencia.  

Publicado originalmente en El Venezolano de Panamá.

16/Marzo/2013. – 18:09 hrs.  

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