La Vinotinto

OPINA UNA VENEZOLANA.

(FOTO DE INTERNET)

LOLY GARCÍA. Honestamente, lo único que sé de futbol es  lo básico: dos arcos opuestos a cada extremo de la cancha, 11 jugadores por equipo que corren con mucho fuelle en los pulmones, pases de “taquito”, rechazos de cabeza, árbitros que a veces no lo son tanto -dependiendo de sus ancestros- y una fanaticada que puede pasar a estado de jauría en cualquier momento. De ahí en más, solo lo veo cada cuatro años para el mundial y obviamente le voy a Argentina, no importa que la descalifiquen de entrada.

No me quita el sueño ningún partidazo de futbol y, para entender detalles técnicos, he contratado a la mejor analista y estudiosa en la materia: mi hija. Ella tiene la capacidad de “observar” los partidos de todos los equipos nacionales y clubes, sean estos de 1era, 2da, juvenil, infantil. “No importa mamá, es futbol”, dice ella. Conoce hasta la saciedad la ascendencia y descendencia de cada jugador, no importa si es de Sudán y juega en el Manchester, o es un japonés y patea para los italianos. Es futbol, dice ella. “Se parece a la vida misma”, una red intrincada de intereses, amores y pasiones que mueven casi la economía mundial, con excepción de quienes se apuntan al baseball o al básquet como salvadores de la patria.

Yo no entiendo mucho de patadas, córner, goles y tarjetas amarillas, pero si comprendo perfectamente el mundo de las reglas, y el futbol es un buen ejemplo para copiarse. Comienza con  apretones de manos y termina con un intercambio de franelas mojadas con sudor del bueno, en el intermezzo casi se matan, y ese es el mensaje: es un juego con reglas. La vida podría parecerse perfectamente a esto, pero no. Al menos no en un gran porcentaje de países, incluido el nuestro. Mi hija es internacionalista, es decir, estudió la mecánica de conocer a fondo sobre el cómo funcionan legalmente las cosas de Estado en otras latitudes para ver si logramos entendernos mejor y, nada como el futbol para hacer la analogía y entender eso de apostar al país de uno no importa qué. Tal vez el Director Técnico no es el mejor y lleva al equipo por la calle de la amargura, pero acá interesan  los jugadores que sudan y defienden la camiseta (es decir, nosotros) y dentro de las reglas está incluido cambiar de estrategias, entrenar más, ponerle más pasión, amar la camiseta, apostar al grupo y no tener miedo a los gigantes, se llamen Brasil, Francia o España.

Tal vez -por ahora- la Vinotinto pierda más partidos de los que gana, pero es la Vinotinto y nos representa, va en nombre de todos nosotros porque, allá afuera, el ciudadano de a pie no sabe que acá adentro andamos divididos. La Vinotinto existe desde mucho antes de este odio desatado y seguirá ahí, representando al país. Seguirá ahí, haciendo el esfuerzo de mejorar, de meter más goles o al menos evitarlos. Seguirá ahí, representando a Venezuela, tal vez con nuevas caras, con nuevo entrenador y nosotros detrás de ella, sin importar si pierden porque a lo que apostamos es al país y, para apostar al país hay que apoyar a quienes se fajan duro y lo hacen bien.

Algún día llegaremos a un mundial y ese día nos quitaremos  la camiseta de la división y nos pondremos la Vinotinto.

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